Activismo estudiantil en Argentina: lo que la generación Z hace diferente y lo que heredó del pasado

Sofía CastilloActivismo20 de abril de 2026

El boleto estudiantil secundario fue, en 1975, la conquista por la que el Estado terrorista decidió secuestrar a diez adolescentes al año siguiente. Cincuenta años después, una asamblea de secundarios porteños discute viandas escolares, prácticas laborales obligatorias y el acceso al transporte. El archivo no se transmite por acto escolar. Se transmite como saber práctico sobre qué se milita y por qué.

Esa continuidad material, la que une una tarifa del colectivo en 1975 con una vianda escolar en 2025, no es nostalgia ni repetición. Es el núcleo del problema. El activismo estudiantil que protagoniza la generación Z en Argentina no aparece de la nada, no rompe por completo con las tradiciones previas, y tampoco es la simple continuidad de un guion escrito en 1918, en 1958, en 1976 o en 2001.

Es otra cosa: una reconfiguración de repertorios, lenguajes, temporalidades y formas de sostener lo colectivo en condiciones materiales distintas. Eso exige una lectura que no caiga en los dos reflejos más cómodos y más inútiles: idealizar la militancia del pasado como si hubiera sido más pura, o despreciar al activismo juvenil actual como performance hueca de una generación adicta a las pantallas.

activismo estudiantil

La hipótesis que ordena este ensayo es directa. El activismo estudiantil de la generación Z en Argentina no inventó la protesta estudiantil, pero sí está modificando sus formas de organización, sus lenguajes, su temporalidad y sus modos de visibilidad, al articular herencias históricas con plataformas digitales, nuevos marcos afectivos y una sensibilidad más atenta a género, salud mental, precariedad y pluralidad identitaria. La novedad no cancela la genealogía. La genealogía tampoco invalida la novedad. Pensarlas juntas es la única manera de entender qué está pasando en centros de estudiantes, facultades tomadas, marchas federales y asambleas de pibas y pibes que nacieron después de 2001.

De dónde viene el activismo estudiantil en Argentina

Lo primero que hay que desarmar es el supuesto implícito de que el activismo estudiantil argentino se descubre a sí mismo cada década. No se descubre: se reactiva. Hay un archivo material, institucional y simbólico que organiza cada nueva ola de movilización, aunque quienes la protagonizan no siempre lo nombren con precisión. La Reforma Universitaria de 1918 no fue solo una disputa por los planes de estudio en Córdoba.

Fue, como señalan los estudios sobre el reformismo, una rebelión de la juventud estudiantil contra la autoridad institucional e intelectual del profesorado que estableció al estudiantado como sujeto político autónomo y creó las federaciones que todavía hoy dan la cara en las plazas. La FUA, la FUBA, las federaciones provinciales, los centros de estudiantes, la figura del cogobierno tripartito, la gratuidad, la autonomía universitaria: todo eso es infraestructura política sedimentada. No se discute cada vez desde cero.

Esa herencia no es solo institucional. Es también un modo de entender qué significa ser estudiante. El manifiesto liminar firmado por Deodoro Roca introdujo una idea que quedó pegada a la gramática política argentina: la juventud universitaria no es un grupo etario en tránsito hacia la adultez productiva, es una fuerza política en sí misma, con capacidad de interpelar al resto de la sociedad. Esa idea atravesó el siglo XX argentino con una intensidad rara.

La lucha contra la enseñanza privada en 1958, la Noche de los Bastones Largos en 1966, los azos cordobeses y rosarinos de fines de esa década, la militancia universitaria de los setenta, la Noche de los Lápices en 1976, el reclamo por el boleto estudiantil secundario que dio origen a aquel secuestro, la reorganización de los centros durante la transición democrática: todas escenas distintas pero reconocibles entre sí.

El Estado terrorista entendió la fuerza de la militancia secundaria mejor que muchos analistas posteriores: la combatió desde lo organizativo, disolviendo centros de estudiantes, y desde lo corporal, secuestrando a quienes los habían sostenido. Por eso la Noche de los Lápices no es, para esta generación, solo una fecha escolar. Es un recordatorio operativo de que la represión estatal sobre el estudiantado no es una hipótesis abstracta y de que la infraestructura organizativa (asamblea, centro, federación) fue, y puede volver a ser, un blanco específico.

Después del 83, el movimiento estudiantil argentino se reacomodó en la lógica partidaria clásica de la transición. La Franja Morada tuvo hegemonía en muchas universidades durante los ochenta. El reformismo se tensó con las agrupaciones de izquierda y con las expresiones peronistas. En los noventa, el menemismo empujó debates sobre arancelamiento que reactivaron a la FUA y a las federaciones locales.

En 2001, la crisis mezcló a jóvenes estudiantes con trabajadores desocupados, asambleas barriales y la constatación de que la política no pasaba solo por las instituciones. Hacia 2010, las tomas masivas de colegios en la Ciudad de Buenos Aires, el movimiento estudiantil universitario contra recortes en distintas gestiones, el Ni Una Menos en 2015 y la campaña por el aborto legal en 2018 terminaron de construir el piso sobre el que hoy pisa la generación Z.

Hay, entonces, un archivo político vivo. No es una pieza de museo. Son repertorios, vocabularios, lecturas, canciones, rutinas organizativas, formas de reconocer al otro como compañero. Cuando una asamblea de secundarios vota una toma en 2025, lo hace sobre un libreto que, aunque no se haya leído, se respira en el pasillo. Esa es la primera parte del asunto. La generación Z no empezó a militar en TikTok. Empezó a militar en un territorio institucional que ya tenía siglo y pico de sedimento. Quienes quieran revisar los documentos fundacionales pueden consultar el archivo histórico sobre la Reforma Universitaria de 1918 disponible en el portal educ.ar.

Qué cambia con la generación Z en el activismo estudiantil

Ahora bien. Decir que hay continuidad no alcanza. Sería perezoso. Y sería, sobre todo, una forma encubierta de desconocer lo específico del presente. Porque algo sí se reconfiguró, y no es decorativo.

Lo primero es la relación con la visibilidad. Las movilizaciones estudiantiles del siglo XX se jugaron durante décadas en una pulseada con los medios masivos: quién cubría, cómo titulaba, qué foto salía en tapa. La generación Z opera en otro régimen. La visibilidad ya no es un bien escaso que hay que conquistar en la redacción ajena.

Es un campo de producción propia: un vivo de Instagram desde la asamblea, un hilo de Twitter, un video vertical editado en minutos, una cuenta de centro de estudiantes que coordina comunicados con otras cuentas en tiempo real. Eso no reemplaza a la prensa tradicional, pero altera la ecología de la protesta. Los comunicados no esperan al día siguiente. Las contranarrativas tampoco. Cuando un ministerio saca una declaración a las tres de la tarde, a las tres y veinte ya hay seis cuentas estudiantiles desmontándola con capturas y contexto.

Esta inmediatez produce efectos. Acelera la convocatoria, permite articular entre escuelas y facultades que antes coordinaban por teléfono o por delegados, facilita la circulación internacional de la agenda local. También introduce problemas nuevos. La velocidad de la red no siempre se relaciona bien con la temporalidad lenta del trabajo organizativo.

Una convocatoria explosiva puede no tener detrás la estructura capaz de sostenerla una vez que pasa el fin de semana viral. El lenguaje de la imagen fuerza una estética de la protesta, y esa estética a veces es leída desde afuera como pose antes que como acción, aunque haya una acción sólida detrás. Hay una tensión real entre lo performativo y lo estratégico, y la generación Z la habita todos los días.

El repertorio también mutó. El volante sigue existiendo, pero convive con el video corto. La pintada en la pared convive con el sticker digital. La asamblea presencial convive con el grupo de WhatsApp. La lista de reclamos convive con el hilo visual editado para que se entienda en quince segundos. Nada de esto sustituye lo anterior. Se suma, lo complejiza y a veces lo tensiona.

Es significativo que los colegios secundarios emblemáticos de la Ciudad de Buenos Aires, cuando tomaron sus edificios en junio de 2025, articularon una consigna común que agrupó esas tomas estudiantiles, la democracia como bandera, coordinada entre varios centros de estudiantes y publicada simultáneamente en redes. El Pellegrini, el Nacional Buenos Aires, el Mariano Acosta, el Liceo 9, la Esnaola, el Cortázar, el Normal 1, el Normal 8 y varios más entraron juntos a una medida que antes hubiera requerido semanas de coordinación y ahora se sincronizó en horas.

Esto conduce a una pregunta que muchas veces queda afuera del análisis optimista. La velocidad de la plataforma, ¿produce organización o la disimula? Las redes aceleran la visibilidad, pero no reemplazan por sí solas el trabajo silencioso de sostener un centro de estudiantes, de escribir un estatuto, de negociar con un rectorado, de armar un petitorio que resista el escrutinio jurídico. La generación Z lo sabe mejor que quienes la observan desde afuera. Las militantes más activas de esta etapa suelen ser al mismo tiempo community managers de la cuenta del centro y operadoras de la asamblea presencial. La dualidad no es una distracción. Es la forma contemporánea del trabajo político estudiantil.

Agendas nuevas sobre estructuras viejas: feminismos, salud mental y precariedad

Hay otra diferencia que no puede reducirse a la tecnología. La generación Z entra al activismo con una agenda que el movimiento estudiantil argentino tradicional no tenía tan integrada. El feminismo no es un apartado: es parte del vocabulario básico. El pañuelo verde atravesó escuelas y facultades como ningún símbolo lo había hecho desde los años setenta. Las disidencias sexogenéricas tienen presencia organizativa en los centros, no apenas simbólica. La discusión sobre salud mental entra a la asamblea como un tema político, no como un asunto individual o terapéutico. La precariedad laboral juvenil aparece como parte del horizonte material, no como una preocupación futura.

Estos desplazamientos son estructurales, no de moda. Un centro de estudiantes que hoy discute salud mental no está hablando de autoayuda. Está hablando de tiempos de estudio imposibles, de la presión meritocrática, de la ansiedad asociada a una salida laboral cada vez más hostil, de la imposibilidad de pagar una terapia, de la sobrecarga cognitiva que implica estudiar mientras se trabaja en apps de reparto.

La politización de la salud mental es, ahí, una forma contemporánea de politizar las condiciones materiales de la vida estudiantil. Se parece a lo que en los setenta se habría nombrado como “condiciones de vida del estudiante” y hoy se nombra con otra gramática, más atenta a la subjetividad, más atenta a la clínica, menos dispuesta a separar lo biográfico de lo estructural.

La materialidad del problema no es metafórica. Los datos son brutales. Según el INDEC, en el primer trimestre de 2025 la tasa de desocupación de las mujeres jóvenes de 14 a 29 años ascendió del 17,3 por ciento al 19,2 por ciento, mientras que en varones pasó del 14,1 por ciento al 15,1 por ciento. Para el cuarto trimestre de 2025 el panorama se agravó: el desempleo juvenil trepó al 16,8 por ciento en mujeres y al 16,2 por ciento en varones, duplicando el promedio nacional.

Sobre ese piso material se milita hoy. No es una anécdota. Un estudiante que cursa mientras reparte comida en moto para sobrevivir tiene un cuerpo, un tiempo y una disponibilidad política muy distintos al del universitario clase media de los ochenta o los noventa. La generación Z organiza sobre esa base. Y lo sabe.

A eso se suma la situación específica del sistema universitario público. Las marchas federales universitarias de 2024 y 2025 visibilizaron una crisis presupuestaria que venía incubándose. En octubre de 2024, durante la segunda Marcha Federal Universitaria del mandato de Javier Milei, más del 70 por ciento de los trabajadores de la educación superior ganaba salarios por debajo de la línea de pobreza, según datos del Consejo Interuniversitario Nacional.

La Ley de Financiamiento Universitario fue vetada por el Poder Ejecutivo. El ajuste sobre las universidades se convirtió, para esta generación estudiantil, en su escenario formativo. No es una metáfora. El acceso a la educación pública dejó de ser un supuesto tácito y pasó a ser una pelea cotidiana. Esa pelea se entrelaza, además, con el deterioro salarial de docentes y no docentes, la parálisis de obras de infraestructura y el congelamiento de becas. El movimiento estudiantil actual aprende política haciendo política sobre su propia condición de posibilidad.

La agenda de los secundarios va por un carril paralelo y conectado. Las tomas recurrentes en la Ciudad de Buenos Aires desde 2022 tuvieron núcleos materiales muy concretos: la calidad nutricional de las viandas escolares, la infraestructura edilicia, y el rechazo a las prácticas laborales obligatorias y no remuneradas. Las ACAP, actividades de aproximación al mundo del trabajo, se convirtieron en un punto de condensación de muchos conflictos.

Los centros de estudiantes lo leyeron, desde el principio, como una avanzada de la precarización laboral sobre el tiempo escolar: que el sistema educativo instale como obligatorio un trabajo no pago dice algo sobre cómo esta etapa del capitalismo piensa a la juventud. La discusión no fue solo didáctica. Fue política. Y se articuló con denuncias sobre deterioro edilicio, sobre la provisión de comida y sobre la democracia institucional de las escuelas. Todo junto.

Entre lo horizontal y lo identitario: cómo se organiza el activismo juvenil hoy

Otra de las marcas contemporáneas del activismo estudiantil es la convivencia, no siempre armónica, entre formas horizontales de organización y formas identitarias de identificación política. La generación Z no es antiorganizativa. La observación perezosa que la describe como atomizada, individualista o alérgica a las estructuras no resiste un recorrido por cualquier asamblea de centro. Hay estructura. Hay cargos. Hay disputas internas. Hay comisiones. Lo que hay, también, es una desconfianza operativa respecto de los liderazgos cerrados y una preferencia por la rotación, la horizontalidad parcial y la toma de decisiones en asamblea amplia. Eso complica la foto, pero no la anula.

Al mismo tiempo, la identificación política no desapareció. Hay agrupaciones peronistas, agrupaciones de izquierda, agrupaciones reformistas, agrupaciones independientes que terminan siendo orgánicas a algún espacio. El viejo mapa partidario sigue operando con otros colores. Lo novedoso es que esa adscripción no siempre se vive como pertenencia biográfica completa. Alguien puede militar este año en una agrupación y moverse el próximo, sin vivirlo como traición. La lealtad se reconfigura. Eso tiene ventajas y riesgos. Aumenta la porosidad y la capacidad de articulación frente a urgencias. Dificulta la construcción de cuadros de mediano plazo. El debate sobre la continuidad organizativa es, en esta generación, más abierto que en las anteriores.

El gesto visible, el cartel con frase precisa, el video corto con música, la estética coordinada, no son apariencia vacía: son parte del trabajo político contemporáneo. Pero pueden volverse coartadas cuando sustituyen al trabajo de base. La generación Z se acusa a sí misma, dentro de sus asambleas, de caer en el posteo fácil, y esa autocrítica interna es uno de los debates más fértiles que el movimiento estudiantil tiene hoy abiertos.

Conviene mirar con especial cuidado una variable que la dirigencia política y periodística tiende a subestimar. La feminización del activismo estudiantil argentino es un hecho documentable. Las presidencias de los centros de estudiantes más emblemáticos del país son ocupadas, con una frecuencia inédita, por pibas. La Federación Universitaria Argentina fue presidida por Piera Fernández de Piccoli durante el ciclo de marchas federales universitarias recientes. La primera vocería en actos masivos suele ser una voz de mujer joven. Eso reescribe, aunque nadie lo anuncie explícitamente, la iconografía militante argentina, que durante décadas fue mayoritariamente masculina incluso cuando las bases no lo eran. Pensar el activismo estudiantil actual sin esta clave es no pensarlo.

Qué hereda y qué discute la generación Z

Llegado este punto, conviene una advertencia metodológica. La pregunta por qué hereda la generación Z y qué discute no se responde con una fórmula. No hay un porcentaje de continuidad y otro de ruptura. Hay zonas de apropiación, zonas de silencio, zonas de reelaboración y zonas de conflicto explícito con el legado.

Se hereda, antes que nada, la institucionalidad del centro de estudiantes como dispositivo básico de la vida política juvenil. Se hereda la federación. Se hereda la figura de la asamblea. Se hereda el cogobierno universitario como valor innegociable. Se hereda el reclamo de la gratuidad. Se hereda la idea, escrita en 1918 pero operativa todavía, de que la juventud estudiantil tiene algo que decirle al conjunto de la sociedad y no solo a sus propias facultades.

Se hereda la costumbre de la calle. Se hereda la memoria de la Noche de los Lápices como recordatorio de que el Estado puede convertirse en enemigo, no como estética melancólica. Se hereda la convicción de que la universidad pública, gratuita y de calidad no es un lujo sino un piso civilizatorio.

Se discute, en cambio, el tono. Se discute la centralidad masculina del imaginario militante clásico. Se discute la lógica de los partidos grandes que aspiran a instrumentalizar los centros. Se discute la idea de que basta con tomar la calle una vez para haber hecho política. Se discute la mística del sacrificio como forma de compromiso, que la conversación contemporánea sobre salud mental puso en cuestión.

Se discute la jerarquía entre “lo político” y “lo identitario”, como si las luchas de género y disidencia fueran un subcapítulo del programa y no parte de su columna vertebral. Se discute, aunque con menos claridad, la relación con el trabajo precario y la economía de plataformas, que es la forma contemporánea de la cuestión social y que todavía no tiene un repertorio militante estabilizado.

Activismo estudiantil durante la crisis del 2001

Hay algo que el pasado no termina de saldar. Las grandes gestas del movimiento estudiantil argentino se escribieron, en general, cuando el horizonte todavía admitía la expectativa de un futuro mejorable por conquista colectiva. La generación Z milita con el horizonte achicado.

Crece, cursa y milita en un país donde el desempleo nacional llegó al 7,5 por ciento en el cuarto trimestre de 2025, según el INDEC, con impacto especialmente fuerte en jóvenes menores de 30 años, donde el alquiler devora el salario, donde la carrera universitaria ya no garantiza movilidad social, donde la crisis climática es una variable reconocida del futuro próximo. Esa condición material produce una militancia distinta. No necesariamente más pesimista. Pero sí más atenta a que las victorias son parciales, reversibles y siempre disputadas.

Pensar el activismo estudiantil actual sin romantizarlo ni subestimarlo exige, entonces, aceptar algo incómodo. No es la mejor versión de la militancia argentina. Tampoco es la peor. Es la versión posible en estas condiciones, con estas herramientas, con estas sensibilidades. Tiene límites. Tiene inercias. Tiene contradicciones que sus propias protagonistas discuten en voz alta. Tiene, al mismo tiempo, una potencia política verificable: sostuvo dos marchas federales universitarias masivas en poco más de un año, coordinó tomas secundarias en la Ciudad de Buenos Aires en repetidas ocasiones, puso en la agenda pública debates que la política institucional intentaba clausurar.

Lo que queda abierto es una pregunta que no admite respuesta cerrada. ¿Puede este activismo articular su agudeza táctica con una construcción de mediano plazo? ¿Puede convertir la velocidad de la convocatoria en la lentitud de la organización? ¿Puede traducir la potencia feminista y disidente del pañuelo y la asamblea en una reforma estructural de los modos de militancia, y no solo en una renovación estética? La respuesta no se escribe en un ensayo. Se escribe, si se escribe, en las próximas asambleas, en los próximos centros, en las próximas tomas y marchas. El archivo está abierto. La escritura continúa.

Lo que sí puede afirmarse, y con cierta firmeza, es que la generación Z está reescribiendo el guion sin haberlo tirado a la basura. Discute con el pasado, pero no lo niega. Usa las plataformas, pero no las idealiza. Pone el cuerpo en la calle, pero también se cuida de manera distinta. Hereda la memoria de la Noche de los Lápices y la convierte en una obligación ética presente, no en una postal.

Se hace cargo de una precariedad material que sus predecesores no conocieron en esta escala. Y, sobre todo, resiste la tentación de dos espejismos simétricos: el que dice que antes se militaba en serio y ahora no, y el que dice que ahora se milita mejor porque las redes lo permiten. Ninguna de las dos frases describe lo que está pasando. Pensar el presente exige renunciar a los dos confortables.

Para seguir leyendo

Cúneo, Dardo (comp.). La Reforma Universitaria (1918-1930). Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1978. Compilación que reúne documentos fundacionales del movimiento reformista y su extensión latinoamericana, con prólogo y cronología del autor.

Buchbinder, Pablo; Califa, Juan Sebastián y Millán, Mariano (comps.). Apuntes sobre la formación del movimiento estudiantil argentino (1943-1973). Buenos Aires, Final Abierto, 2010. Volumen académico sobre las tres décadas que van del primer peronismo a la Triple A.

Seoane, María y Ruiz Núñez, Héctor. La noche de los lápices. Buenos Aires, Contrapunto, 1986 (reediciones en Planeta y Sudamericana). Reconstrucción periodística del secuestro y desaparición de los estudiantes secundarios platenses que habían conquistado el boleto estudiantil.

Manzano, Valeria. La era de la juventud en la Argentina. Cultura, política y sexualidad desde Perón hasta Videla. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2017. Historia cultural de la juventud argentina entre 1955 y 1976.

Manzano, Valeria. Historia de la juventud en la Argentina de los siglos XX y XXI. Buenos Aires, Siglo XXI, 2025. Síntesis de larga duración que llega hasta la militancia libertaria contemporánea.

Sadin, Éric. La era del individuo tirano. El fin de un mundo común. Buenos Aires, Caja Negra, 2022. Ensayo sobre la articulación entre plataformas digitales, narcisismo de masas y fractura del horizonte colectivo.

Federici, Silvia. Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria. Madrid, Traficantes de Sueños, 2010 / Buenos Aires, Tinta Limón, 2015. Referencia fundamental para articular crítica feminista y crítica al capitalismo.

Documentales

Olivera, Héctor (dir.). La noche de los lápices (Argentina, 1986). Película basada en el libro de Seoane y Ruiz Núñez, pieza central de la memoria escolar sobre los desaparecidos secundarios.

Gugliotta, Sandra (dir.). La toma (Argentina, 2013). Documental de observación rodado en el Nicolás Avellaneda durante las tomas estudiantiles porteñas de 2010 por infraestructura edilicia y calidad educativa.

Dadone, Luciana y Dunayevich, Andrés (dirs.). Brujas del Cordobazo (Argentina, 2018). Documental basado en el libro El Cordobazo de las mujeres de Bibiana Fulchieri, recupera el protagonismo femenino invisibilizado en la pueblada de 1969.

  • activismo estudiantil | Rocky Arte

    Sofía Castillo es una investigadora incansable con la agudeza de una detective y el compromiso de una periodista. Nació en Lima, Perú, una ciudad que la formó desde niña para observar, preguntar y buscar verdades más allá de lo evidente. Crecer en un país con una historia tan rica y compleja de movimientos sociales, conflictos internos y una vibrante, aunque a veces turbulenta, vida política, le infundió una profunda curiosidad por las narrativas que se tejen en las calles, lejos de los relatos oficiales.

     

Leave a reply

Seguinos
Sign In/Sign Up Sidebar Search
Loading

Signing-in 3 seconds...

Signing-up 3 seconds...