Arquitectura del sonido extremo: La ingeniería detrás de los muros de ruido del Doom y el Black Metal.

Flor GuzzantiSonidos al límite12 de noviembre de 2025

En el invierno de 1992, en un pequeño estudio de Bergen, Noruega, el joven productor Eirik Hundvin ajustaba los niveles de una consola analógica mientras los miembros de Mayhem afinaban sus instrumentos en una atmósfera densa de humo y tensión. Las válvulas de los amplificadores Marshall crepitaban como si exhalaran frío, y cada nota de guitarra reverberaba sobre paredes de concreto desnudas. De ese espacio precario, sin aislamiento acústico y con micrófonos reciclados, nacería una estética: el muro de ruido que transformó al black metal en un acto de resistencia sonora.

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En paralelo, a miles de kilómetros, en el sur de Inglaterra, Electric Wizard grababa Come My Fanatics… (1997) en los estudios Red Lead, donde la distorsión no era un error, sino un lenguaje. Las frecuencias bajas se convertían en materia prima, los amplificadores Sunn Model T se saturaban hasta el límite, y los ingenieros experimentaban con la reverberación como si moldearan arcilla. La crudeza dejó de ser un defecto técnico para convertirse en una firma cultural: el sonido extremo como identidad y manifiesto.

La arquitectura del sonido extremo, del black metal nórdico al doom contemporáneo, es una forma de ingeniería artística que convierte la saturación, la frecuencia y la distorsión en materia expresiva. Comprender su estructura hoy es entender cómo el ruido sigue desafiando la norma, desde los estudios subterráneos europeos hasta los talleres sonoros latinoamericanos.

El muro de ruido: entre la estética y la física del sonido

En la ingeniería sonora del doom y el black metal, el “muro de ruido” no es una metáfora: es una arquitectura acústica construida sobre capas de frecuencias bajas, saturación y reverberación controlada. El productor noruego Pytten (Eirik Hundvin), responsable de discos emblemáticos como De Mysteriis Dom Sathanas (Mayhem, 1994) y Bergtatt (Ulver, 1995), explicaba que el objetivo era “llenar cada hueco del aire con sonido”. Lo que para la radio comercial era distorsión inaceptable, para el underground era pureza. Esa diferencia estética definió un paradigma técnico que aún hoy guía a las y los ingenieros del sonido extremo.

Desde la perspectiva de la física, el muro de ruido se construye mediante la compresión extrema de la señal y un manejo intencional del rango dinámico. Las guitarras graves operan entre 60 y 250 Hz, superponiéndose al bajo para generar una masa sonora casi táctil. Los amplificadores a válvulas, en especial los Sunn y Orange, colorean el timbre mediante armónicos pares, lo que aumenta la sensación de densidad. No hay vacío: cada frecuencia se comporta como un ladrillo en una catedral de distorsión.

El concepto se remonta a Phil Spector y su “Wall of Sound” de los años sesenta, pero el metal lo reconfiguró desde la oscuridad. En el doom, esa pared ya no buscaba exuberancia, sino pesadez espiritual; en el black metal, apuntaba al colapso del orden armónico. En ambos casos, el muro se convirtió en un símbolo de exceso y de libertad. La estética del ruido, más que una consecuencia técnica, fue una elección ideológica.

Los estudios actuales reproducen ese muro con herramientas digitales, pero las y los productores buscan conservar el carácter impredecible del error analógico. Daniel Rejmer, ingeniero de Swans y Ben Frost, sostuvieron en una entrevista con Sound On Sound (2023) que “el verdadero desafío es mantener la imperfección viva dentro del software”. Esa tensión entre control y caos sostiene la vitalidad del sonido extremo contemporáneo. Lo que antes era un accidente ahora es intención sonora.

En Latinoamérica, el muro de ruido se reinterpreta con medios precarios y una creatividad radical. Bandas como los argentinos Los Males del Mundo o los chilenos Luna in Caelo graban con equipos híbridos: guitarras vintage, pedales nacionales y plugins libres. El resultado es un sonido que mezcla tradición y autogestión, donde la limitación técnica se convierte en estilo. Según el productor cordobés Hernán González (Estudio El Attic, 2024), “el muro de ruido latino tiene una textura más humana porque está hecho con las manos, no con presets”.

La saturación también tiene una dimensión política. En los noventa, grabar con exceso de distorsión era una forma de desafiar los estándares de la industria musical, dominada por la limpieza sonora del pop y el rock de estadio. Hoy, en plena era del audio de alta definición, la distorsión sigue siendo una protesta contra la homogeneización digital. Cada zumbido, cada feedback, es un recordatorio de que el ruido es resistencia.

El muro de ruido, entonces, no se mide solo en decibelios, sino también en términos de intención. Es una estructura que combina técnica e ideología, precisión y desobediencia. Su poder reside en lo que oculta y en lo que revela: un espacio en el que el oyente debe sumergirse para percibir las capas que lo componen. Escuchar Monoliths & Dimensions de Sunn O))) (2009) con auriculares de estudio es entrar en un laberinto acústico diseñado con una ingeniería obsesiva.

Por último, la física del muro dialoga con la emoción que provoca. Cuando las frecuencias bajas golpean el cuerpo, la experiencia se vuelve física, casi ritual. En ese momento, la ingeniería del sonido extremo deja de ser solo técnica para convertirse en arte sensorial. Esa comunión entre materia y vibración define la verdadera arquitectura del doom y el black metal: una catedral invisible hecha de ruido y devoción.

La alquimia del estudio: ingeniería, distorsión y frecuencia

Grabar un disco de doom o de black metal es un proceso más cercano a la alquimia que a la ciencia pura. La búsqueda no es de claridad sino de densidad, y cada elemento del estudio se convierte en un ingrediente ritual. En Green Machine Studio (Reino Unido), donde Electric Wizard registró parte de Let Us Prey (2002), los técnicos colocaban micrófonos Shure SM57 frente a parlantes saturados hasta el límite del clipping. “El secreto está en aceptar el exceso y dejarlo respirar”, explicaba Mark Greening, exbaterista de la banda, en entrevista a Terrorizer (2023). En ese exceso se encuentra la verdad sonora del género.

La ingeniería del metal extremo se caracteriza por su relación con la distorsión. En lugar de eliminar el ruido, se lo manipula para potenciar el carácter emocional de la música. Las guitarras se graban con dobles tomas paneadas en los extremos, lo que genera la sensación de amplitud y masa. El productor estadounidense Billy Anderson, conocido por su trabajo con Sleep, Neurosis y Eyehategod, señala que “cada error tiene una frecuencia útil si se lo ecualiza con intención” (Mixdown Magazine, 2024). En su filosofía, la distorsión no destruye: construye.

La cinta analógica sigue siendo una herramienta de culto para las y los ingenieros del doom. Los magnetófonos Studer o Ampex ofrecen una compresión natural y un grano que el software aún no logra imitar por completo. En estudios como GodCity (Massachusetts), Kurt Ballou (Converge) utiliza grabadoras de cinta para redondear los graves y suavizar los agudos agresivos. Esa decisión técnica produce un sonido más orgánico, en el que la saturación adquiere una textura física. Cada capa se imprime con el error mínimo necesario.

El contraste entre la producción analógica y la digital constituye una de las discusiones centrales del género. Mientras el black metal contemporáneo, como el de Gaerea o Batushka, adopta flujos digitales para lograr una nitidez atmosférica, el doom mantiene la fe en lo analógico. Según la ingeniera sueca Linn Fiala (The Sonic Temple, 2024), “la computadora puede imitar la cinta, pero no puede capturar el accidente humano”. Ese accidente es el pulso que separa la música viva de la mera simulación sonora.

La ecualización es la herramienta arquitectónica del muro de ruido. En el doom metal, las frecuencias bajas dominan la mezcla: el rango de 80 a 120 Hz se refuerza mediante EQ paramétrica para sostener la masa grave. En el black metal, en cambio, se priorizan los medios agudos entre 2 y 5 kHz, donde las guitarras cortan como cuchillas. Cada decisión de frecuencia tiene un efecto emocional: el doom oprime, el black perfora. Ambas estrategias reflejan una filosofía estética distinta.

La microfonía también desempeña un papel fundamental en la alquimia del estudio. Las y los técnicos suelen emplear combinaciones inusuales: micrófonos de cinta RCA para capturar graves cálidos, junto con condensadores Neumann para el brillo de los platillos. En Nidaros Studio (Trondheim), donde grabaron Whoredom Rife y Misotheist, el ingeniero Håvard Lund dispone los micrófonos a distintas alturas para generar una sensación de espacio tridimensional (Metal Injection, 2023). La habitación se convierte así en un instrumento más.

En los últimos años, los plug-ins han democratizado la alquimia sonora. Simulaciones como Neural DSP Archetype o Sunn Amps VST permiten recrear la densidad del doom sin necesidad de equipos físicos. Sin embargo, las y los productores más puristas advierten que la fidelidad digital puede neutralizar la crudeza emocional. La ecuación se resume en una tensión contemporánea: ¿cómo conservar el alma analógica en el flujo binario? En esa pregunta se define el futuro del sonido extremo.

En el fondo, toda ingeniería del metal extremo es un acto poético. Las consolas, los preamplificadores y las válvulas son medios para capturar una energía que trasciende lo técnico. La alquimia del estudio no busca la perfección, sino la presencia: ese instante en que una nota distorsionada se convierte en atmósfera. Allí, entre cables, humo y feedback, la ingeniería se vuelve arte. Y el ruido, una forma de revelación.

El sonido como identidad: del black metal nórdico al doom latinoamericano

El black metal nórdico nació en un contexto geográfico y emocional en el que el paisaje era constante. En Noruega, Finlandia y Suecia, las montañas nevadas y la oscuridad invernal moldearon un sonido áspero y minimalista. La crudeza no fue solo estética: fue la respuesta acústica al aislamiento y al frío. Los estudios de grabación, como el Grieghallen Studio en Bergen, funcionaban como laboratorios del ruido espiritual. Según el documental Until the Light Takes Us (2008), los músicos buscaban “hacer sonar el clima”.

En ese contexto, la identidad sonora era inseparable del entorno físico. El productor Pytten ajustaba los micrófonos para captar el eco natural de los muros del estudio, integrando el espacio arquitectónico a la mezcla. La reverberación no se añadía con software: se grababa. Cada nota formaba parte del ambiente. Esa integración del entorno y el sonido definió el carácter atmosférico del black metal clásico.

El doom metal, en cambio, emergió del sur industrial de Inglaterra. Bandas como Black Sabbath, Cathedral o Electric Wizard transformaron el peso del metal en una liturgia sonora. La opresión de las fábricas, la niebla y la alienación laboral se tradujeron en frecuencias graves y en ritmos lentos. Como escribió la periodista Louise Brown en The Guardian (2023), “el doom fue el blues de la revolución industrial tardía”. El sonido se convirtió en una memoria colectiva.

En América Latina, las condiciones materiales dieron lugar a otra forma de identidad sonora. La precariedad de los equipos y de los estudios en los noventa obligó a crear texturas con lo disponible. En Brasil, Mystifier y Sarcofago desarrollaron un black metal crudo, casi punk, con grabaciones directas y saturadas. En Argentina, el doom encontró su voz en proyectos como Funebre o Fulano de Tal, donde la autogestión reemplazó a la infraestructura. La estética lo-fi se volvió ética.

El paisaje también condicionó la resonancia. En Chile, bandas como Procession o Luna in Caelo exploraron la reverberación natural de espacios subterráneos y montañosos. En Colombia, Reencarnación y Luciferian mezclaron la agresividad tropical con un simbolismo místico propio. Cada país reinterpretó la oscuridad según su geografía acústica. El ruido viajó de las nieves al polvo, del eco glacial al zumbido urbano.

Las productoras latinoamericanas recientes están reescribiendo esta identidad desde la técnica. El ingeniero argentino Francisco Maffei (Delirium Studio, Buenos Aires) trabaja con saturaciones híbridas: pedales analógicos conectados a DAWs libres como Reaper, combinando artesanía y tecnología. “El doom de acá tiene alma de taller”, comenta en una entrevista a Decibel Latinoamérica (2024). En esa frase se resume una estética del hacer: artesanal, resistente y profundamente humana.

Mientras tanto, en el norte global, el black metal se ha extendido hacia lo ambiental y lo experimental. Proyectos como Wolves in the Throne Room (EE. UU.) o Panopticon (EE. UU.) integran grabaciones de campo, sintetizadores y una filosofía ecológica. La distorsión se vuelve paisaje, la mezcla, ritual. Este diálogo entre naturaleza y tecnología redefine la identidad sonora del género sin traicionar su raíz extrema. Lo que era grito se convierte en atmósfera.

Hoy, el intercambio entre hemisferios ha borrado los límites. El doom latinoamericano conversa con el black escandinavo a través de colaboraciones virtuales y sellos independientes como Blood Harvest o Hammerheart. En redes y plataformas, las y los productores comparten presets, técnicas y obsesiones. El sonido se globaliza, pero mantiene su identidad: sigue siendo oscuro, artesanal y profundamente político. En esa mezcla de culturas, el ruido encuentra nuevas formas de pertenencia.

Rituales de producción: el arte de esculpir el ruido

Cada sesión de grabación en el metal extremo tiene algo de ceremonia. Antes de presionar “rec”, las y los músicos ajustan los amplificadores, encienden velas o simplemente afinan en silencio, como si prepararan un altar. En el doom y el black metal, el estudio no es solo un espacio técnico: es un templo. Esa atmósfera ritual se percibe en discos como Monotheist (Celtic Frost, 2006) o Mareridt (Myrkur, 2017), donde cada capa de sonido parece invocar una presencia. La producción se convierte en un acto de invocación sonora.

Los micrófonos son herramientas de fe. Productores como Randall Dunn —quien trabajó con Sunn O))), Earth y Chelsea Wolfe— colocan hasta diez micrófonos en un solo amplificador para capturar distintos matices de distorsión. En una entrevista con Tape Op Magazine (2024), Dunn explicaba que “el ruido tiene profundidad; cada ángulo del micrófono revela un espíritu distinto”. Esa multiplicación de fuentes genera el muro de ruido tridimensional característico del género. La técnica se vuelve casi mística.

La grabación de baterías en estos estilos es una prueba de paciencia y de espacio. En el black metal clásico, se privilegia la compresión mínima para conservar la crudeza de los bombos y el reverb natural de la habitación. En el doom, en cambio, los ingenieros amplifican los graves y limitan los agudos para que el ritmo suene como una ola lenta y sofocante. El resultado no busca perfección: busca peso. Cada golpe debe sentirse como una vibración interna.

La voz se trata como un instrumento de textura más que de melodía. Los gritos, susurros y guturales son modulados con preamplificadores saturados y con reverbs profundas, hasta convertirse en parte del muro general. La vocalista argentina Lupe Álvarez (Nauhath, 2024) señala que “grabar voces en este género es como lanzar piedras a un lago oscuro: lo importante es el eco”. Su declaración resume la poética del sonido extremo: la emoción no reside en la claridad, sino en la resonancia.

Los efectos forman parte del ritual de la escultura. Pedales fuzz, delays analógicos y cintas reamplificadas se utilizan para generar capas que no siempre son audibles pero sí perceptibles. En Drone Temple Studio (Ciudad de México), el productor Jorge López trabaja con loops de cinta magnética que se degradan con cada pasada, lo que genera un sonido orgánico e impredecible. “El error es nuestra firma”, dice en una entrevista con Underground MX (2023). Así, el proceso se convierte en un diálogo entre el artista y la máquina.

En muchas producciones independientes, la mezcla es una instancia colectiva. Las bandas participan del proceso junto con la o el ingeniero, debatiendo sobre la presencia del bajo o la profundidad del reverb. Esta horizontalidad técnica refleja la ética DIY del metal underground. En Casa del Ruido (Montevideo), las sesiones de mezcla terminan con mate, debate y feedback compartido. Lo sonoro se convierte en una práctica comunitaria.

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El ritual de producción no se limita al estudio: se extiende a la escucha. Cuando una banda prueba la mezcla en un auto viejo o en un bar de ensayo, evalúa cómo vibra el muro de ruido fuera del entorno controlado. Esa prueba empírica revela la verdadera eficacia de la ingeniería. Si el sonido sigue siendo abrumador, el muro está completo. La validación es física, no estadística.

Después de todo, esculpir el ruido es un acto de resistencia creativa. En un mundo que premia la limpieza digital y la corrección automática, elegir la saturación y la imperfección es un gesto político. El doom y el black metal enseñan que el ruido también puede ser belleza, y que la ingeniería no está al servicio de la pulcritud, sino de la emoción. En esa alquimia, lo técnico se vuelve espiritual. El estudio, un santuario del exceso.

Más allá del volumen: filosofía, técnica y contracultura sonora

El sonido extremo es más que una cuestión de decibelios: es una forma de pensamiento. En la saturación y el ruido, las y los músicos del doom y del black metal han encontrado una vía para expresar lo inefable, lo que escapa a la armonía convencional. Susan Fast, musicóloga canadiense, sostiene que “el metal radicaliza la escucha al obligarnos a percibir el sonido antes de entenderlo” (Journal of Popular Music Studies, 2023). Esa experiencia sensorial redefine la relación entre la audiencia y la materia sonora. Escuchar se convierte en un acto físico y filosófico.

El ruido, históricamente considerado residuo, se transforma en símbolo de libertad. Desde Luigi Russolo y su Manifiesto Futurista del Ruido (1913) hasta Merzbow y el noise japonés de los ochenta, la distorsión ha sido una forma de insurrección estética. En el metal extremo, esa herencia se mezcla con la espiritualidad y el desencanto moderno. El ruido no destruye: revela. Como afirma Attila Csihar (Mayhem, Sunn O))) en entrevista con Metal Hammer (2024), “el sonido extremo es el espejo de la mente contemporánea: caótica, saturada y profundamente viva”.

El volumen, en este contexto, funciona como herramienta de inmersión y de purga. En los conciertos de Sunn O))), las ondas graves alcanzan los 120 decibelios, generando vibraciones que impactan directamente en el cuerpo. Más que un espectáculo, es una experiencia sensorial total, cercana a la meditación o al trance. El cuerpo se convierte en una cámara de resonancia. El exceso se vuelve introspección.

Esta dimensión corporal del sonido también tiene un sentido político. En sociedades dominadas por la hiperproductividad y el control, detenerse a escuchar el ruido es un gesto de resistencia. La distorsión rompe con la lógica del consumo rápido y con la claridad publicitaria. Escuchar doom es, de algún modo, desacelerar el tiempo. En esa lentitud se revela otra forma de existencia: una escucha crítica y emancipadora.

El sonido extremo también dialoga con la ecología. Bandas como Wolves in the Throne Room o Earth vinculan su producción sonora con la relación humana con el entorno natural. La reverberación se asocia al paisaje, la distorsión a la energía terrestre. La ingeniera de sonido Melina Rodríguez (Sonido Abisal, 2024) explica que “el drone doom traduce la geología en frecuencias: los volcanes y las montañas tienen su propia resonancia”. En esta visión, el ruido no es contaminación, sino la traducción de la materia.

La filosofía del ruido también encuentra eco en los feminismos contemporáneos. Artistas como Chelsea Wolfe y Emma Ruth Rundle han reivindicado el sonido extremo como territorio de vulnerabilidad y poder. Sus producciones mezclan fragilidad y saturación, rompiendo con la idea de que el metal pertenece a una masculinidad cerrada. En palabras de Wolfe para The Quietus (2023): “Mi distorsión es mi manera de hablar cuando no puedo gritar”. El volumen se convierte en una herramienta de expresión emocional y política.

La contracultura sonora del metal extremo ha trascendido los márgenes musicales. Festivales como Roadburn (Países Bajos) o Doomed & Stoned (EE. UU.) se han convertido en espacios de experimentación interdisciplinaria, donde conviven visuales, performance y teoría. Allí se proyectan obras audiovisuales, se discuten libros y se comparten técnicas de grabación. La comunidad se reconoce en el ruido. Lo extremo se institucionaliza sin perder su espíritu disidente.

Más allá del volumen, el doom y el black metal construyen una ética de la escucha. En un mundo saturado de información, estas músicas invitan a recuperar la atención, a habitar el sonido como experiencia profunda. La ingeniería se une a la filosofía para proponer una forma de arte que no busca ser complaciente, sino transformadora. Escuchar el muro de ruido es escuchar el presente. Y en su eco, imaginar otro futuro.

La nueva ingeniería del sonido oscuro

El siglo XXI trajo un nuevo capítulo en la historia del sonido extremo: la ingeniería del ruido se digitalizó sin perder su mística. Los estudios caseros se convirtieron en catedrales del doom y del black metal gracias al acceso a software libre y equipos económicos. Jóvenes productoras y productores en América Latina están reinventando la distorsión con notebooks, interfaces compactas y plugins artesanales. En Buenos Aires, el colectivo Ruido Santo combina pedales construidos a mano con sintetizadores modulares reciclados. La oscuridad ya no necesita un estudio millonario: basta con una laptop y una voluntad obsesiva.

Esta democratización del sonido no implica una pérdida de rigor técnico. Al contrario, exige una escucha más crítica y consciente. Las y los ingenieros actuales trabajan con precisión quirúrgica en la saturación y la espacialidad. En Sordid Sound Lab (México), la productora Andrea Ramos desarrolla bancos de distorsión personalizados para cada proyecto. “El ruido también tiene disciplina”, afirma en una entrevista con SoundGirls Latin (2024). Su enfoque traduce el espíritu DIY en un nuevo profesionalismo.

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La evolución tecnológica ha permitido preservar el carácter artesanal del metal extremo. Los simuladores de amplificadores y las interfaces de modelado, como el Kemper Profiler o el Neural DSP Quad Cortex, permiten capturar el tono exacto de un Sunn Model T sin depender de un equipo físico. Sin embargo, las y los artistas siguen buscando el contacto directo con la materia. En Studio Berserker (Noruega), el productor Anders Odden mezcla digital y cinta analógica “para mantener el alma en el voltaje” (Musikknyheter, 2023). La tecnología no reemplaza la pasión: la amplifica.

La ingeniería contemporánea del doom y el black metal también se ha vuelto más diversa. Mujeres y disidencias están asumiendo roles protagónicos como técnicas de sonido, productoras y artistas. Iniciativas como Sound Sisters Collective en Chile y FemNoise Brasil promueven la formación técnica con una perspectiva de género. Este cambio está transformando la cultura del estudio, antes dominada por la masculinidad del rock. El ruido, paradójicamente, se vuelve más inclusivo.

En el plano estético, la saturación ha mutado hacia nuevas formas de profundidad. El post metal, el drone doom y el blackgaze amplían los límites del muro de ruido, explorando capas de ambigüedad sonora. Bandas como Amenra, Alcest y Neurosis utilizan la producción como una narrativa emocional. La mezcla se convierte en dramaturgia acústica: cada frecuencia cuenta una historia. La ingeniería se convierte en la literatura del sonido.

Culturalmente, el muro de ruido ha trascendido su nicho para dialogar con las artes visuales y con la teoría contemporánea. Las instalaciones sonoras en museos, como Blackened Frequencies de Stephen O’Malley (2023, Oslo), trasladan el lenguaje del doom al espacio expositivo. El ruido se convierte en una escultura vibratoria. Esta expansión del metal hacia la alta cultura desafía la jerarquía entre el arte y la contracultura. La distorsión adquiere estatuto simbólico.

En América Latina, el futuro del sonido extremo se está escribiendo desde la autogestión. Sellos como Knekelput Recordings (Chile), Selvajaria (Argentina) y Supremacia Records (Brasil) producen discos con estándares técnicos internacionales sin renunciar a la ética independiente. Los estudios funcionan como comunidades creativas, no como empresas. La ingeniería se comparte en talleres, foros y cooperativas. La oscuridad suena, pero también se organiza.

El legado de esta nueva ingeniería del sonido oscuro es doble: técnico y político. Por un lado, mantiene viva la búsqueda del timbre perfecto, ese equilibrio entre el control y el caos. Por otro lado, reafirma la autonomía creativa frente a la industria global. En cada válvula, en cada plugin, en cada feedback controlado, resuena una historia de resistencia. El muro de ruido, lejos de agotarse, sigue expandiéndose. Y en su expansión, revela que el ruido también puede ser el futuro.

Referencias

Anderson, B. (2024, abril). The architecture of distortion: Producing doom metal in analog domains. Mixdown Magazine.

Brown, L. (2023, junio). “Doom as industrial blues”. The Guardian.

Csihar, A. (2024, marzo). Interview with Attila Csihar. Metal Hammer.

Dunn, R. (2024, enero). The art of capturing distortion. Tape Op Magazine.

Fast, S. (2023). The metal of meaning: Sound and sensation in extreme music. Journal of Popular Music Studies, 35(2), 145–162.

Greening, M. (2023, septiembre). Electric Wizard sessions revisited. Terrorizer.

Rejmer, D. (2023, noviembre). Interview: On imperfection in modern production. Sound On Sound.

Wolfe, C. (2023, julio). Interview with Chelsea Wolfe: “Distortion as expression”. The Quietus.

doom | Rocky Arte

Autor

  • María Florencia Guzzanti

    Flor es historiadora, periodista cultural y traductora. Fundadora y directora de Rock y Arte, su trabajo explora las intersecciones entre arte, cultura, política e identidad desde una perspectiva interseccional y crítica. Ha escrito sobre derechos humanos, literatura, movimientos sociales, música y feminismos, con un enfoque en el slow journalism y la investigación profunda. Parte de sus artículos han sido incorporados en materiales educativos en Chicago Public Schools y en planes de estudio del Reino Unido. Apasionada por el lenguaje, la memoria y las narrativas colectivas, busca crear espacios donde el periodismo y la cultura sirvan como herramientas de transformación.

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