Isla de los Estados: El verdadero faro del fin del mundo

El verdadero “Faro del Fin del Mundo” no está en Ushuaia, entonces, ¿dónde queda? La Isla de los Estados es la respuesta. Este lugar remoto, es una reserva natural y cultural única en Argentina, donde el paisaje extremo convive con relatos de pueblos originarios, presidios, faros y expediciones antárticas.

Conocida por los pueblos originarios como Chuanisin, “tierra de la abundancia”, la isla fue declarada por la Constitución de Tierra del Fuego como patrimonio intangible, permanente y reserva ecológica, histórica y turística. Allí, no se permite la explotación de recursos: solo la investigación científica y un turismo estrictamente regulado pueden pisar este confín austral. Únicamente, viven cuatro personas en la isla.

Faro del Fin del Mundo: “San Juan del Salvamento

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La psique de Julio Verne llegó hasta el fin del mundo, para situar una de sus mejores novelas e inmortalizar el faro del fin del mundo. Construido por Argentina, este faro fue inaugurado el 25 de mayo de 1884. La misma, es una casa de madera a 70 metros sobre el nivel del mar en una zona rocosa. Pintada de blanco, esta casa octogonal está coronada por una característica gran bola de zinc. 

Cuando fue creado, el faro proyectaba su luz producida por siete lámparas que funcionaban con aceite de colza (aceite vegetal extraído de las semillas de la planta colza) en dos lados, a través de grandes lentes Fresnel.  En 1902, fue sustituido por el faro de Año Nuevo y abandonado.

Sin embargo, en 1998, un equipo de 10 personas reconstruyó el edificio y reactivó el faro.  Desde su reconstrucción hace 20 años, impulsado por paneles solares. Además de su función de faro, su configuración y libre acceso le permiten tener una vocación de “refugio de náufragos”.  Hay suficiente para dormir, comer y calentar, sin ninguna vocación turística.  De hecho, dado que la isla de los Estados está protegida por su condición de reserva natural, no está destinada a albergar personas.  Los pocos barcos que pasan dejan mensajes u objetos dentro del faro. También podría interesarte.

Presidio Natural: La idea de Popper para una cárcel sin muros

Julio Popper es una figura controversial del sur argentino. Llegó a la Patagonia argentina con la convicción de que la naturaleza podía ser dominada. Ingeniero rumano y buscador de oro, supo moverse con soltura entre el poder y los territorios más inhóspitos del país. En pocos años acumuló riqueza y una autoridad que rozaba lo estatal. También dejó un rastro de violencia que marcaría para siempre la historia fueguina.

Mientras su ejército privado avanzaba sobre las tierras del pueblo Selk’nam (uno de los pueblos originarios de Tierra del Fuego), Popper tenía otros proyectos entre manos. Uno de ellos no necesitaba rejas ni murallas: la Isla de los Estados sería, la cárcel perfecta. El mar embravecido del Estrecho de Le Maire y el aislamiento absoluto harían imposible cualquier fuga. La geografía, pensaba, podía reemplazar al castigo.

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En la fantasía de Popper, los presos trabajarían la madera, construirían barcos y producirían papel. La colonia penal sería autosuficiente, rentable y ejemplar. Pero Popper miró mapas y no las condiciones climaticas. Ignoró el frío constante, la humedad interminable y las tormentas que azotan la isla casi todo el año.

Cuando el presidio comenzó a funcionar, la naturaleza dictaminó sus propias leyes. El encierro se volvió miseria y el aislamiento, muerte. La odisea fue abandonada y trasladada a Ushuaia, dejando atrás una advertencia escrita en viento y lluvia. El primer presidio fue en la Isla de los Estados.

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Popper murió joven, en Buenos Aires, rodeado de sospechas. En la Isla de los Estados no dejó edificios ni industrias, sino una idea peligrosa: creer que el paisaje puede ser usado como condena. En el verdadero fin del mundo, la historia demostró que ninguna ambición puede resistir a la geografía cuando se la subestima.

La isla donde la naturaleza sigue intacta

El archipiélago remoto es uno de los refugios de vida silvestre más extraordinarios de la Argentina, un territorio donde la naturaleza todavía marca el ritmo.

Bajo la superficie del mar, la isla es un jardín sumergido. Los bosques de algas pardas se mecen con las corrientes frías y alimentan a invertebrados, peces, aves y mamíferos marinos.

En tierra, miles de pingüinos de penacho amarillo del sur anidan en acantilados y playas, hasta reunir el 14 % de la población mundial de una especie hoy vulnerable. Conviven con pingüinos de Magallanes y, desde 2004, con el regreso silencioso del pingüino rey a Puerto Roca, una señal de recuperación después de décadas de explotación humana.

Las playas también son territorio de lobos marinos. Las loberías de dos pelos más importantes del país se extienden sobre rocas y playa, compartiendo espacio con elefantes marinos del sur que encuentran en las cercanas Islas Año Nuevo uno de sus pocos sitios de cría fuera de la Antártida. En el cielo y en las islas menores, el petrel gigante del sur, ave amenazada, sigue encontrando lugares seguros para nidificar.

Hacia el interior, la isla se vuelve bosque. Un verde denso y húmedo cubierto por guindos y canelos forman un entramado cerrado, con helechos, musgos y líquenes que transforma el paisaje en una selva fría. Entre la vegetación aparece el tussok, un pasto alto y compacto que forma pastizales costeros y que no existe en el territorio continental argentino. En total, 177 especies de plantas crecen en la isla, casi todas nativas.

La fauna terrestre es mínima y singular. El único mamífero nativo es el ratón de los guindales, una especie que no vive en ningún otro lugar del mundo. En las costas, las huellas del huillín, una nutria amenazada, delatan una presencia tan esquiva como valiosa.

Pero incluso en este confín, la fragilidad se hace sentir. La introducción de cabras, ciervos colorados, conejos europeos y ratas alteró el equilibrio natural. En zonas como Bahía Crossley, el daño a la vegetación dificulta la regeneración del bosque y recuerda que ningún ecosistema es invulnerable.

La Isla de los Estados es un arca en medio del Atlántico Sur. Protegerla no es solo conservar un paisaje remoto, sino preservar una forma de vida que todavía resiste, silenciosa, en el verdadero fin del mundo.

Fuentes:

https://wwfar.awsassets.panda.org/downloads/isladelosestados.pdf

https://www.investigacion.patrimoniocultural.gob.cl/bajo-la-lupa/albumes-de-fotografia-expedicion-julius-popper-del-museo-regional-de-magallanes

faro del fin del mundo | Rocky Arte

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