
El beat de una cumbia disidente retumba contra los cristales de una torre corporativa. Un centenar de cuerpos sudorosos se mueven al unísono, no en una fiesta, sino en un acto de exorcismo colectivo contra la parálisis del concreto. Esta ciudad sin nombre, que podría ser cualquier metrópolis de nuestra América Latina, se convierte en el escenario de una falla en la Matrix urbana, una reescritura del código fuente de la calle con la sintaxis de la carne y el deseo.
Estas son las nuevas liturgias del asfalto, los rituales profanos que nos recuerdan que la ciudad es, antes que nada, un escenario para la vida y no solo un corredor para la productividad. Son la prueba de que el cuerpo es la última frontera de la desobediencia.
La ciudad neoliberal se diseñó con una regla de acero: optimizar, circular, consumir. Cada banco, cada plaza, cada semáforo es parte de un guion que nos dicta cómo movernos, cuándo detenernos y qué desear. Pero en las grietas de esa planificación asfixiante, emergen prácticas que hackean el sistema desde adentro. Un mercado de verduras libres de agrotóxicos que florece en una plaza gris es un acto de soberanía alimentaria y espacial.
Una sentada de besos de corporalidades no-normativas frente a una catedral es una declaración de amor y una guerra contra el sistema patriarcal. Estas acciones son mucho más que protestas; son coreografías de la supervivencia, ceremonias efímeras que construyen comunidad donde el sistema fomenta el aislamiento.
El ser humano tiene una sed ancestral de rituales, una necesidad de marcar el tiempo y el espacio con significado. En la ciudad neoliberal, diseñada para el individualismo extremo, esta necesidad no desaparece, sino que se transforma. Las liturgias urbanas son la respuesta secular a esa búsqueda de conexión y trascendencia. Son ceremonias sin dios, pero cargadas de una fe inquebrantable en lo colectivo. Una velatón por una víctima de femicidio ilumina la noche y teje una red de cuidado mutuo.
Estas prácticas reconfiguran el espacio público de forma radical y temporal. Lo convierten en un espacio liminal, una zona de transición donde las reglas habituales se suspenden. Durante una intervención, la calle deja de ser un mero lugar de paso para convertirse en un ágora, un escenario o un santuario. Es una reapropiación espacial que demuestra que el significado de un lugar no está tallado en piedra, sino que se negocia constantemente. La ciudadanía activa su contrapoder ciudadano a través de estos gestos.
Se trata de una forma de desobediencia civil que opera a nivel simbólico y afectivo. No siempre buscan un cambio legislativo inmediato, sino que apuntan a modificar el imaginario colectivo. Quieren alterar la forma en que percibimos y habitamos nuestros entornos urbanos. Estas acciones nos recuerdan que la ciudad nos pertenece, más allá de los títulos de propiedad y las ordenanzas municipales. Es la materialización del derecho a la ciudad en su forma más pura.

El rito secular funciona como un catalizador para la creación de lazos comunitarios. En un baile masivo, dos personas extrañas se reconocen como cómplices en la misma pulsión de libertad. En una olla popular, la comunidad barrial comparte el pan y la palabra, fortaleciendo el tejido social. Estas conexiones, aunque efímeras, dejan una huella profunda en la memoria colectiva. Son la infraestructura afectiva de la resistencia.
La espontaneidad es una de sus armas más potentes. Un flashmob que denuncia la precariedad laboral o una performance que visibiliza la violencia institucional aparece y desaparece, dejando una estela de desconcierto y reflexión. Esta naturaleza efímera las protege de ser fácilmente cooptadas o neutralizadas por el poder. Son como un virus que infecta el sistema con una dosis de humanidad. El asfalto se vuelve un lienzo para la acción directa creativa.
La catarsis colectiva es otro de sus componentes centrales. Gritar una consigna al unísono, llorar en conjunto en un memorial o celebrar una conquista con euforia compartida libera una energía transformadora. Es una forma de procesar el dolor y la rabia que genera el sistema, convirtiéndolos en combustible para la acción. Estas liturgias son, en esencia, actos de sanación política. Son una respuesta vital a un entorno que nos enferma.
Estas ceremonias desafían la lógica productivista del capitalismo. Bailar, pintar, cantar o simplemente estar en grupo en una plaza sin consumir nada es un acto radicalmente anticapitalista. Se reclama el derecho al ocio, al encuentro y a la expresión no mercantilizada. Es una forma de demostrar que nuestras vidas y nuestros cuerpos no están enteramente al servicio del mercado. La ciudad también puede ser un espacio de disidencia.
La repetición es clave en la construcción de un ritual. La marcha del Orgullo que se celebra cada año, la ronda de las Madres de Plaza de Mayo que se sostiene en el tiempo. Estas prácticas consolidan una tradición de lucha y una identidad colectiva. Convierten la protesta en un legado que se transmite de generación en generación. La persistencia es una forma de resistencia urbana.
El silencio también puede ser una herramienta poderosa en estas liturgias. Un “die-in” masivo en medio de una avenida simula la muerte para denunciar la inacción del Estado. El silencio compartido genera una tensión y una solemnidad que ninguna palabra podría igualar. Demuestra que la presencia física como protesta tiene su propio lenguaje. El cuerpo se convierte en un signo elocuente.
La comida y la bebida compartida son elementos recurrentes. Un mate cocido en una asamblea barrial o una comida colectiva en un centro social ocupado. Estos actos replican las formas más básicas de construcción de comunidad. Nutren el cuerpo y el espíritu de la lucha al mismo tiempo. Son gestos de cuidado que sostienen los movimientos sociales urbanos.
Finalmente, estas liturgias son una escuela de ciudadanía activa. Enseñan a organizarse, a consensuar, a cuidarse mutuamente y a ocupar el espacio con responsabilidad y audacia. Son un ejercicio práctico de democracia radical que se ensaya en la calle. Cada participante se convierte en agente de transformación de su propia realidad. Representan la insurrección cotidiana en su máxima expresión.
El resultado es una ciudad palimpsesto, donde bajo la capa oficial de la planificación urbana, vibran estas otras geografías. Son geografías de la resistencia, mapas afectivos dibujados por los cuerpos en movimiento. Estas liturgias nos enseñan a leer esas otras cartografías. Nos invitan a encontrar los portales a una ciudad más justa y vivible.
El cuerpo es el primer territorio, la frontera última de la soberanía personal. En la lucha urbana, este concepto, el cuerpo como manifiesto, se vuelve literal. Cada gesto, cada movimiento, cada ocupación del espacio se convierte en una declaración política. La performance como herramienta de protesta urbana entiende que no es lo mismo enviar un petitorio que poner el cuerpo. El cuerpo expone, confronta y genera una fricción que el texto no puede.
La estética de la protesta es fundamental; no es un mero adorno, sino una estrategia. La coreografía política de una marcha, con sus bloques de colores, sus banderas y sus cánticos rítmicos, construye un mensaje visual y sonoro potente. Es una obra de arte efímero diseñada para impactar en la retina y en la conciencia colectiva. La belleza se convierte en un arma cargada de futuro.
El artivismo fusiona las herramientas del arte con los objetivos del activismo. Una intervención artística como la del colectivo Las Tesis y su “Un violador en tu camino” es un ejemplo perfecto. No es solo una canción, es un acto performático que se replica globalmente, creando lo que Judith Butler llamaría “cuerpos en alianza”, una somateca (un archivo viviente de gestos) de resistencia feminista. La creatividad se vuelve viral y la protesta, contagiosa.
La curaduría callejera de un altar o un memorial espontáneo también es un acto político. La selección de objetos, fotos, flores y velas compone un discurso visual sobre la memoria, el duelo y la exigencia de justicia. Transforma un rincón anónimo de la ciudad en un punto de referencia afectivo y político. Es una forma de micropolítica que disputa el relato oficial.
Estos actos performáticos desafían la noción de espectador pasivo. Quien observa una intervención es interpelado, se le obliga a tomar una posición. No se puede ser neutral ante un cuerpo que grita, baila o sangra simbólicamente en medio de la rutina diaria. La performance rompe la cuarta pared de la indiferencia urbana.
La vulnerabilidad se convierte en potencia. Exponer el cuerpo, especialmente un cuerpo disidente, en el espacio público disputado es un acto de una valentía radical. Es una forma de decir “existimos, somos vulnerables a tu violencia, pero no tenemos miedo”. Esta exposición consciente de la fragilidad es lo que genera una conexión empática profunda. La vulnerabilidad y potencia son dos caras de la misma moneda.
El uso de la indumentaria y los colores es parte integral de esta estética. El verde de la lucha por el derecho al aborto, el lila del feminismo, los colores de la bandera del orgullo. Estos códigos visuales unifican al cuerpo colectivo y lo hacen instantáneamente reconocible. El cuerpo se viste para la batalla simbólica.
Estas performances también juegan con el concepto de disciplinamiento corporal. La sociedad nos enseña a movernos de formas “correctas”: caminar rápido, no ocupar mucho espacio, no gesticular demasiado. Las liturgias del asfalto proponen una indisciplina gozosa y consciente. Bailar, gritar, ocupar el suelo, todo ello es una forma de liberar al cuerpo de sus cadenas invisibles.
La performance urbana crea imágenes icónicas que perduran en la memoria. La foto de una activista enfrentando a un cordón policial, la imagen de miles de pañuelos verdes ondeando. Estas imágenes se convierten en símbolos que encapsulan toda una lucha. Alimentan el imaginario colectivo y sirven de inspiración para futuras acciones.
El sonido es otro elemento crucial. Los cánticos, los tambores, la música. Crean una atmósfera, unifican al grupo y marcan el ritmo de la protesta. El paisaje sonoro de la ciudad es interrumpido y resignificado. El ruido de la resistencia se impone al murmullo del consumo.
El carácter efímero de la performance es también una declaración en sí misma. Se opone a la monumentalidad del poder, a sus estatuas y edificios de bronce y concreto. La resistencia es fluida, móvil, aparece y desaparece. Su poder no reside en la permanencia material, sino en el impacto que deja en los cuerpos y las mentes.
En definitiva, estas acciones demuestran cómo el cuerpo es un territorio de resistencia política. No es solo un vehículo para portar una pancarta; es la pancarta misma. Cada poro de la piel, cada movimiento, cada sonido que emite es parte de un manifiesto vivo. La ciudad se convierte en un escenario y el cuerpo, en el protagonista de una obra de teatro político urgente.
Un mural vibrante puede hacer que un barrio en pleno proceso de gentrificación parezca más “auténtico” y atractivo para el capital. Una performance de un colectivo transfeminista puede volver ese mismo barrio ingobernable para los especuladores inmobiliarios. Es crucial trazar la línea de fuego, entender la diferencia entre arte urbano y activismo político. No todo lo que brilla en la pared es una revolución.
El arte urbano, en su vertiente más comercial, a menudo se centra en la destreza técnica y la firma del artista individual. El objetivo puede ser puramente estético o vehicular un mensaje político genérico, fácilmente digerible. Se convierte en un objeto de admiración, un producto cultural que embellece el paisaje. A menudo es celebrado por las mismas instituciones que perpetúan la exclusión.
El artivismo, por otro lado, subordina la estética al objetivo político. La meta principal es la intervención, la disrupción, la creación de diálogo o la denuncia directa. Suele ser una práctica colectiva, a menudo anónima, donde el proceso y la acción son tan importantes como el resultado final. No busca decorar el muro, sino derribarlo simbólicamente.
Aquí reside una diferencia fundamental: la centralidad del cuerpo. El artista urbano está presente durante la creación, pero la obra final es un objeto inerte. En las intervenciones urbanas del artivismo, especialmente en la performance, el cuerpo vivo, vulnerable y presente es la obra. Es la presencia física como protesta la que genera la tensión política.
La cooptación es el gran fantasma que acecha al arte urbano. Las marcas, los municipios y los desarrolladores inmobiliarios lo han adoptado como herramienta de marketing y pacificación social. Es fácil para una corporación patrocinar un mural. Es casi imposible que patrocine una acción que denuncie sus propias prácticas de explotación.
Pensemos en el caso de un flashmob. La forma es idéntica, pero la intención lo cambia todo. Uno organizado para lanzar un nuevo smartphone utiliza el factor sorpresa para generar publicidad y capitalizar la atención. Otro organizado para visibilizar a las víctimas de la violencia racista utiliza la sorpresa para romper la indiferencia y forzar una reflexión. La biopolítica subyacente es radicalmente opuesta.
La relación con la audiencia también difiere drásticamente. El arte urbano a menudo busca la admiración del espectador, un “me gusta” en la vida real. El artivismo busca una reacción, una incomodidad, un cuestionamiento. No le interesa necesariamente gustar, sino movilizar, transformar a quien observa en participante o, como mínimo, en testigo consciente.
La permanencia es otro punto de divergencia. El muralista aspira a que su obra perdure, a dejar una marca duradera en la ciudad. El arte efímero del artivismo —una silueta de tiza en el suelo, una performance que dura minutos— subraya la urgencia del presente y la fugacidad de la vida que defiende. Su poder no está en la duración, sino en la huella que deja en la memoria.
Las instituciones culturales han abierto sus puertas al arte urbano, llevándolo del muro del callejón al muro del museo. Esta legitimación a menudo implica una neutralización de su potencial subversivo. Los colectivos de artivismo, en cambio, suelen mantener una postura crítica y distante de estas instituciones, reconociéndolas como parte del biopoder que combaten.
El criterio de éxito también es distinto. Un mural puede ser exitoso por su virtuosismo técnico o su impacto visual. Una acción de artivismo es exitosa si logra instalar un tema en la agenda pública, si fortalece a una comunidad o si genera un cambio concreto, por pequeño que sea. El foco está en la eficacia política, no en la maestría artística.
La intención final es el gran diferenciador. Una intervención nos obliga a preguntar: ¿esta acción busca hacer el espacio más agradable dentro del sistema actual o busca cuestionar las bases de ese sistema? ¿Está al servicio del espacio de consumo o al servicio de la comunidad? ¿Es un acto de decoración o un acto de desobediencia civil?
Ambas formas de expresión pueden coexistir y enriquecer la cultura urbana. Pero es nuestro deber como ciudadanía crítica no confundirlas. Reconocer la diferencia es un acto político en sí mismo, un paso necesario para no aplaudir las herramientas de nuestra propia sumisión. El activismo urbano real rara vez es cómodo.
El espacio público nunca ha sido neutro; es una construcción social y política. Históricamente, fue diseñado por y para un sujeto universal que en realidad era muy específico: el hombre cisgénero, blanco, propietario y heterosexual. Un análisis transfeminista del espacio público en ciudades devela esta verdad incómoda. Cada esquina, cada banco de plaza, cada sistema de transporte público está codificado con normas de género, raza y clase.
El transfeminismo nos ofrece una lente crítica para entender estas dinámicas. Cuestiona la idea misma de una ciudadanía universal y pone el foco en las corporalidades no normativas. Analiza cómo la experiencia de la ciudad es radicalmente diferente para una mujer, una persona trans, una persona migrante o una persona con discapacidad. La calle no es la misma para todas las personas, porque el riesgo y el privilegio se distribuyen de forma desigual.
Aquí es donde el concepto de cuerpo-territorio cobra una potencia inusitada. Es un eco de las “borderlands” de Gloria Anzaldúa, esas fronteras donde la identidad se forja en la herida y la resistencia. Para las activistas feministas y decoloniales, el cuerpo es el primer territorio a defender de la conquista y la explotación. Reclamar el espacio público es una extensión de esa lucha por la soberanía sobre la propia existencia.
Las liturgias del asfalto son un ejercicio práctico de creación de geografías corporales alternativas. Cuando un grupo de mujeres ocupa una plaza para un taller de autodefensa, están redibujando el mapa del miedo. Cuando una marcha del orgullo transita por una avenida principal, está construyendo una cartografía del deseo y la visibilidad. Están afirmando el derecho a la ciudad desde una perspectiva transfeminista.
La heteronormatividad se inscribe en la arquitectura y el urbanismo. Los monumentos a héroes masculinos, la publicidad que reproduce roles de género estereotipados, la falta de baños públicos inclusivos. Todo esto configura un paisaje que afirma constantemente una norma y excluye a quienes no encajan en ella. Las intervenciones queer y transfeministas son un graffiti sobre ese paisaje.
Debemos preguntarnos: ¿qué cuerpos tienen permiso para ocupar el espacio y cómo? Un grupo de ejecutivos en un after-office es visto como algo normal. Una ronda de tereré entre vecinas migrantes puede ser vista con sospecha. Una performance de vogue en la calle por parte de disidencias sexuales es a menudo criminalizada. Esta es la biopolítica urbana en acción.
El urbanismo táctico puede ser una herramienta de doble filo. A veces es utilizado por colectivos para generar intervenciones rápidas y de bajo costo que mejoran la vida comunitaria. Pero también puede ser cooptado por el marketing y los procesos de gentrificación para dar una pátina “cool” a zonas en proceso de encarecimiento. La perspectiva transfeminista siempre pregunta: ¿quién se beneficia de esta intervención?
La lucha es por una soberanía espacial que parta de las necesidades de las corporalidades diversas. Esto implica pensar en ciudades con mejor iluminación para prevenir la violencia machista, con rampas y accesibilidad universal, con espacios de cuidado para las infancias. Implica desmantelar la planificación urbana patriarcal. La ciudad debe ser un hogar, no un campo de obstáculos.
La interseccionalidad es clave para este análisis. La experiencia de una mujer trans negra en la ciudad no es la suma de ser mujer + trans + negra. Es una experiencia única de opresión y también de resistencia. Un análisis verdaderamente crítico debe considerar cómo estas diferentes capas de identidad interactúan en el espacio público disputado.
Las liturgias protagonizadas por cuerpos disidentes son una forma de crear “zonas temporalmente autónomas”. En esos momentos y lugares, las normas de la heteronormatividad y el sistema patriarcal se suspenden. Se crean burbujas de utopía donde es posible existir, amar y expresarse con libertad. Son ensayos de los mundos que queremos construir.
Estos actos también funcionan como una somateca, un archivo corporal de resistencia. El cuerpo no olvida las huellas del asfalto. Los gestos, las posturas, las formas de moverse de las disidencias en el espacio público construyen una memoria y un lenguaje no verbal. Es una cartografía del cuerpo que se opone al mapa oficial.
El objetivo final es una transformación profunda de la ciudad. No se trata solo de tener “espacios seguros”, sino de construir una ciudad segura en su totalidad. Una ciudad donde ningún cuerpo sea considerado “fuera de lugar”. Una ciudad donde las liturgias del asfalto no sean necesarias porque la celebración de la diversidad sea la norma cotidiana.
La ciudad neoliberal no es solo un modelo económico; es una tecnología de gobierno. Su principal objetivo es gestionar la vida, o lo que el filósofo Michel Foucault (1976) llamó biopoder. La biopolítica y control de los cuerpos en la ciudad se manifiesta en la forma en que se regula, vigila y optimiza la población para que sea productiva y dócil. El espacio urbano es el tablero de juego de esta estrategia.
El control sobre los cuerpos se ejerce de maneras sutiles y explícitas. Las cámaras de seguridad urbana, los sistemas de reconocimiento facial, la presencia policial constante en ciertos barrios. Todo esto crea un espacio vigilado que busca prevenir cualquier comportamiento “desviado”. El objetivo no es solo castigar el crimen, sino producir un disciplinamiento corporal preventivo.
La arquitectura también participa de este control. Los bancos con divisiones para que nadie pueda acostarse, los pinchos en los alféizares para evitar que la gente se siente. Esto se conoce como “arquitectura hostil” y su función es expulsar del espacio público a los cuerpos considerados improductivos o indeseables. Es una forma silenciosa de criminalización de la protesta y la pobreza, una suerte de necro-urbanismo (un concepto que dialoga con la necropolítica de Achille Mbembe y el pensamiento de Sayak Valencia), donde el diseño urbano administra la vida de unas poblaciones y la muerte de otras.
La planificación urbana patriarcal es otro mecanismo de control. La división de la ciudad en zonas residenciales (asociadas a lo femenino y doméstico) y zonas de trabajo/poder (asociadas a lo masculino) refuerza los roles de género. La falta de infraestructuras de cuidado, como guarderías públicas o lactarios, dificulta la participación plena de las mujeres y personas gestantes en la vida pública. La ciudad te dice cuál es tu lugar.
La gentrificación es el brazo económico de la biopolítica urbana. Un barrio popular es “revitalizado” con galerías de arte y cafés de especialidad. El costo de vida sube, expulsando a la población original. Lo que se expulsa no son solo personas, sino formas de vida, culturas barriales y redes de solidaridad que no encajan en el nuevo modelo de espacio de consumo.
El capitalismo afectivo también juega su papel. Se nos vende la idea de que la felicidad se encuentra en el consumo y la autopromoción individual. Las liturgias del asfalto proponen una afectividad disidente: la alegría del encuentro colectivo, la potencia de la rabia compartida, el cuidado mutuo. Estas emociones son peligrosas para un sistema que nos quiere en aislamiento y competencia.
La salud pública se convierte en una herramienta de control. La patologización de las identidades trans, la criminalización del aborto, la falta de atención a la salud mental comunitaria. Son todas formas de biopoder que deciden qué vidas y qué cuerpos merecen ser cuidados y cuáles son desechables. La lucha por la salud es una lucha por el cuerpo-territorio.
El discurso de la “seguridad” es a menudo una excusa para aumentar el control. Se exige más policía y más cámaras para combatir la delincuencia. Pero a menudo, esto se traduce en un mayor acoso a los jóvenes racializados, a vendedores ambulantes y a activistas. La seguridad de un sector se construye sobre la inseguridad de otro.
Frente a este panorama, las liturgias del asfalto son actos de micropolíticas urbanas. Son pequeñas insurrecciones que, en su conjunto, desafían el gran relato del control. Ocupar un espacio “prohibido”, realizar una performance no autorizada, crear un mercado autogestionado. Son formas de demostrar que el control total es imposible y que la vida siempre se filtra por las grietas.
Estas acciones exponen la lógica anticapitalista que las anima. Al crear espacios de gratuidad, de don y de encuentro no mediado por el dinero, cortocircuitan la máquina de consumir. Revelan que es posible generar valor, comunidad y sentido fuera de las lógicas del mercado. Son pequeños laboratorios de un futuro post-capitalista.
El cuerpo se convierte en el arma principal contra este biopoder. Si el sistema quiere controlar la vida, la respuesta es vivir con más intensidad, más colectivamente, más desafiantemente. Bailar en la cara de la policía, besarse frente a la intolerancia, amamantar en público. Son actos que reafirman la soberanía sobre el propio cuerpo frente a un Estado que pretende administrarlo.
En este contexto, la insurrección no es solo una gran revolución lejana. Es la insurrección cotidiana de los cuerpos que se niegan a ser meros datos en un algoritmo de control. Es la resistencia molecular de quienes reclaman su derecho a existir en sus propios términos. La ciudad se convierte en el campo de batalla de esta guerra por la vida misma.
La teoría necesita aterrizar en el asfalto para volverse real. Los ejemplos de corporalidades disidentes en el espacio público son la prueba viviente de que estas liturgias funcionan. Pensemos en el movimiento Ni Una Menos, nacido en Argentina y expandido por todo el continente. Cada marcha masiva no es solo una caminata; es una marea humana que redibuja el mapa de la ciudad con la tinta de la furia y la sororidad.
Observemos los mercados de la Unión de Trabajadores de la Tierra (UTT) en plazas de Buenos Aires y otras ciudades. No son simples ferias; son actos de reapropiación espacial y soberanía alimentaria. Productores y productoras ofrecen sus alimentos sin intermediarios, creando un puente directo con la población consumidora. Desafían el modelo del agronegocio y el supermercado, proponiendo una economía más justa.
La cultura del ballroom, con raíces en las comunidades LGBTQIA+ racializadas de Estados Unidos, ha encontrado un hogar en las calles de América Latina. Una batalla de vogue en un parque público es una deslumbrante muestra de destreza y autoafirmación. Es la visibilización radical de corporalidades no normativas que reclaman su derecho a brillar. Es, como diría la socióloga urbana Saskia Sassen (2014), la presencia de “los otros” en el corazón de la ciudad global.
Los “siluetazos” son otro poderoso ejemplo surgido durante la última dictadura cívico-militar en Argentina. Artistas y activistas dibujaban y pegaban siluetas de tamaño real para representar a las personas desaparecidas. Este acto transformaba la ausencia en una presencia fantasmal y acusadora. Es un uso del arte efímero como herramienta de memoria y denuncia que sigue resonando hoy.
Las rondas de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo son quizás la liturgia urbana más sostenida y potente de nuestra historia reciente. Su caminar circular en silencio alrededor de la pirámide es una coreografía política de una fuerza inmensa. Transformaron el duelo personal en una lucha colectiva inquebrantable. Su presencia física como protesta se convirtió en un símbolo mundial de resistencia pacífica.
Pensemos también en las intervenciones de colectivos como Futuro Trans, que utilizan la performance y la acción directa para visibilizar las violencias y las demandas de la comunidad travesti-trans. Sus acciones a menudo utilizan la ironía y la belleza para confrontar la transfobia. Demuestran que la lucha por la supervivencia puede y debe ser también un acto creativo.
Las “besadas masivas” o “besatones” frente a lugares que han sido escenario de actos de discriminación homofóbica o lesbofóbica. Este simple acto de afecto público se convierte en una poderosa herramienta política. Desafía la heteronormatividad del espacio y reclama el derecho a amar y desear libremente. Es una forma de desobediencia civil que usa el amor como arma.
Las ollas populares y los comedores comunitarios que se multiplican en tiempos de crisis. No son solo lugares para obtener un plato de comida. Son centros de organización barrial, de contención afectiva y de construcción de poder popular. Son la materialización del principio de que frente al sálvese quien pueda del mercado, la comunidad organizada responde con solidaridad.
Las intervenciones de activistas por la diversidad funcional que señalan las barreras arquitectónicas de la ciudad. Un cuerpo en silla de ruedas intentando subir a un colectivo o una persona ciega mapeando los obstáculos de una vereda. Estas acciones, a menudo invisibilizadas, son performances políticas que denuncian una planificación urbana excluyente. Reclaman una ciudad accesible para todas las personas.
Los “pañuelazos” verdes que se convirtieron en el símbolo de la lucha por el aborto legal, seguro y gratuito. El acto de levantar y agitar un pañuelo al unísono crea un cuerpo colectivo instantáneo. Es un código visual que une a miles de personas en una misma demanda. El pañuelo dejó de ser un trozo de tela para convertirse en un estandarte.
Los escraches, organizados por agrupaciones como H.I.J.O.S., son otra forma de liturgia urbana. Llevan la condena social a la puerta de los genocidas que la justicia formal no sentenció. Son un ritual de repudio que disputa el olvido y la impunidad. Utilizan el espacio privado del represor como escenario para la memoria pública.
Cada uno de estos ejemplos es un verso en el gran poema de la resistencia urbana. Son la evidencia de que las geografías de la resistencia no están en un mapa lejano, sino bajo nuestros pies. Solo necesitamos aprender a leer las señales, a escuchar los cantos y a unir nuestro propio cuerpo a la danza.
La liturgia contemporánea tiene una naturaleza híbrida, un pie en el asfalto y otro en la nube digital. La insurrección ya no nace solo del encuentro físico; a menudo, su primer grito es un hashtag. La resistencia urbana hoy se teje en una dialéctica constante entre los píxeles de una pantalla y los adoquines de la plaza. La convocatoria a la acción es ahora un meme, un hilo de Twitter o un video viral.
La organización de los movimientos sociales urbanos ha migrado a plataformas de mensajería encriptada como Signal o Telegram. La aparente espontaneidad de una protesta relámpago es, en realidad, el resultado de una meticulosa coreografía política digital. En estos chats se debate, se decide y se coordina la logística de la desobediencia. La red provee la infraestructura invisible para la acción visible.
La estética de la protesta se ha vuelto un producto de exportación viral. Una performance potente en Santiago de Chile puede ser replicada en Estambul al día siguiente gracias a Instagram o TikTok. El video de “Un violador en tu camino” no necesitó de los medios tradicionales para dar la vuelta al mundo. La estética se convierte en un código abierto que otras células activistas pueden descargar, adaptar y ejecutar.
El hashtag funciona como un punto de encuentro digital, un espacio liminal donde se aglutina la rabia y la esperanza antes de tomar la calle. #NiUnaMenos o #BlackLivesMatter no son solo etiquetas; son fuegos digitales alrededor de los cuales se congrega un cuerpo colectivo global. Crean una sensación de pertenencia y escala que es fundamental para que la gente se anime a dar el paso del click a la calle.
Sin embargo, el activismo digital enfrenta el desafío del algoritmo. Las plataformas están diseñadas para la polarización y el contenido efímero, no para el debate profundo. El activismo debe librar una batalla constante por la visibilidad, aprendiendo a hackear las lógicas de las redes para que su mensaje no se pierda en el ruido. La lucha por la atención es una nueva frontera del activismo urbano.
Cada foto de una marcha, cada video de una intervención, se convierte en una entrada para una somateca digital y descentralizada. Esta documentación en tiempo real crea un archivo popular de la resistencia, una contra-memoria que disputa los relatos oficiales. El arte efímero de la protesta adquiere una segunda vida, una permanencia digital que le permite seguir inspirando mucho después de que la calle se haya vaciado.
Esta hipervisibilidad tiene su lado oscuro: la vigilancia. Las mismas herramientas que sirven para organizar son utilizadas por el biopoder estatal y corporativo para monitorear, identificar y reprimir a activistas. La geolocalización de una foto, el reconocimiento facial en un video; la biopolítica ahora tiene herramientas de Big Data. El espacio vigilado se ha extendido a nuestros bolsillos.
Como respuesta, la seguridad digital se ha convertido en una práctica de resistencia en sí misma. El uso de VPNs, la comunicación encriptada, el cuidado sobre qué se comparte y cómo. Estas son las nuevas formas de autocuidado y defensa colectiva en la era digital. La lucha por la privacidad es una lucha por la posibilidad de organizarse sin miedo.
El smartphone se ha transformado en un arma de contra-información. Cada persona con un teléfono es un corresponsal potencial en la primera línea del espacio público disputado. La capacidad de transmitir en vivo una detención ilegal o un acto de brutalidad policial ha cambiado las reglas del juego. La narrativa oficial ya no tiene el monopolio.
Es crucial reconocer la brecha digital. El tecno-optimismo puede hacernos olvidar que no todas las personas tienen el mismo acceso a la tecnología o las mismas habilidades para usarla de forma segura. Por eso, el activismo híbrido más efectivo es el que no abandona las tácticas tradicionales: el volante, el cartel, la asamblea barrial. La verdadera interseccionalidad debe ser también tecnológica.
Mirando hacia adelante, las fronteras entre lo físico y lo digital seguirán difuminándose. ¿Veremos intervenciones urbanas realizadas con realidad aumentada, proyectando consignas sobre edificios gubernamentales? ¿Serán los metaversos los nuevos espacios a disputar? La cultura urbana del futuro se definirá en esta intersección.
El píxel y el adoquín no son opuestos, sino aliados en un bucle de retroalimentación. La calle provee la energía cruda, el riesgo, la experiencia insustituible del cuerpo junto a otros cuerpos. La red amplifica ese mensaje, lo archiva y lo conecta con otras luchas a escala planetaria. La insurrección cotidiana es, y será cada vez más, un fenómeno híbrido.
Las liturgias del asfalto no son una anécdota de color en la crónica urbana. Son el pulso vital de una ciudadanía que se niega a ser un simple engranaje en la maquinaria de la ciudad neoliberal. Representan la emergencia de micropolíticas urbanas que entienden que el cambio radical también se gesta en la escala del cuerpo, del gesto y del encuentro efímero. Son la prueba de que la resistencia no es espectáculo, es presencia insistente.
Estas prácticas nos enseñan a ver la ciudad con otros ojos. Nos invitan a decodificar el lenguaje del poder inscrito en el concreto y a reconocer las grietas por donde se filtra la disidencia. Cada intervención artística, cada mercado popular, cada marcha es una clase magistral de urbanismo crítico impartida a cielo abierto. Nos proveen de las herramientas teóricas y afectivas para entender y transformar nuestro entorno.
El enfoque del transfeminismo es absolutamente central. Nos obliga a ir más allá de la consigna abstracta del “derecho a la ciudad” y a preguntarnos siempre: ¿derecho para qué cuerpos? Expone la biopolítica que subyace a la aparente neutralidad del espacio y celebra la potencia de las corporalidades disidentes para dinamitarla. El futuro de la ciudad será transfeminista o no será.
La fusión entre arte y política es el motor de esta revolución cotidiana. El artivismo demuestra que la creatividad no es un lujo, sino una necesidad estratégica para comunicar, conmover y movilizar. La estética de la protesta transforma la lucha en un acto de belleza radical, haciendo que el deseo de otro mundo sea no solo justo, sino también irresistible.
Estas liturgias son, en esencia, actos de esperanza. En un mundo que nos empuja al cinismo y al aislamiento, el acto de juntarse para crear algo bello y significativo en medio de la hostilidad es una declaración de fe en el futuro. Es la construcción de un cuerpo colectivo que se sabe vulnerable pero también inmensamente poderoso. El tejido social se zurce puntada a puntada, cuerpo a cuerpo.
El asfalto, ese territorio aparentemente estéril y funcional, se revela como un lienzo en disputa, un escenario para el conflicto y la celebración. Las liturgias urbanas lo hackean, lo resignifican, lo llenan de vida y de memoria. Nos recuerdan que la ciudad no es un producto terminado, sino un proyecto en constante disputa y construcción.
La próxima vez que camines por tu ciudad, no mires solo los edificios. Presta atención. ¿Qué cartografías de la resistencia puedes leer en sus muros? ¿Qué coreografías de la supervivencia se dibujan en sus plazas? ¿Qué le va a decir tu propio cuerpo a la ciudad?
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