
La luz fluorescente del consultorio es implacable, todo parece demasiado blanco, demasiado estéril. Frente al médico, una mujer intenta nombrar el caos: el insomnio, la niebla mental, un calor que le sube desde el pecho hasta la raíz del pelo. Él la escucha con la paciencia de quien oye un guion ya conocido y, sin levantar la vista de la pantalla, ofrece la solución en una receta: hormonas, ansiolíticos, un diagnóstico que suena a sentencia.
Ella no se siente enferma, se siente extraña en su propio cuerpo, pero sale de allí con la certeza de que algo en ella está roto y debe ser reparado. Esta escena, repetida en miles de consultorios, es el punto de partida de un relato que nos han enseñado a aceptar: la menopausia como una deficiencia, una falla que debe ser corregida.

La construcción de la menopausia como enfermedad no es un hecho biológico inmutable, sino una invención cultural con una historia precisa. Fue en el siglo XIX cuando la medicina occidental comenzó a catalogar esta transición vital como un “síndrome” que requería intervención y control. Este proceso de patologización despojó a les sujetes de su soberanía corporal, transformando una experiencia natural en un problema médico a resolver. La ciencia, investida de una supuesta objetividad, se convirtió en la herramienta para disciplinar cuerpos que escapaban a la lógica reproductiva. De este modo, se sentaron las bases para una industria multimillonaria que hoy depende de nuestra inseguridad.
La narrativa médica se centró exclusivamente en la carencia, en la pérdida de estrógenos como si se tratara de la pérdida de una esencia. Se ignoraron sistemáticamente las dimensiones psicológicas, sociales y espirituales del proceso, reduciendo una compleja transición a un mero desequilibrio químico. Esta visión mecanicista del cuerpo es funcional al sistema capitalista, que necesita cuerpos estandarizados y predecibles para mantener sus engranajes en movimiento. La menopausia y medicalización se volvieron conceptos casi inseparables, borrando la posibilidad de vivirla como una etapa de plenitud. La medicalización, por ende, no es un acto neutro de cuidado, sino un dispositivo de poder.
El discurso de la “terapia de reemplazo hormonal” (TRH) es un claro ejemplo de esta expropiación simbólica y material de nuestros cuerpos. Promocionada como una fuente de eterna juventud, la TRH prometía revertir los “estragos” del tiempo, manteniendo a los cuerpos funcionales a la mirada masculina y a las demandas del mercado laboral. Se nos vendió la idea de que envejecer era opcional, una falla personal en lugar de un proceso vital inevitable y potencialmente transformador. Este relato invisibiliza los riesgos y efectos secundarios, mientras refuerza la idea de que el cuerpo menopáusico es inherentemente defectuoso. La autonomía corporal queda así supeditada al criterio médico y al interés económico.
Pensemos en cómo la publicidad nos interpela: mujeres de mediana edad que, gracias a un producto, recuperan una versión anterior de sí mismas. Nunca se muestra la menopausia como un tránsito hacia una nueva forma de estar en el mundo, sino como un obstáculo a superar para restaurar un estado previo. Este marketing del miedo genera una profunda ansiedad y un estigma menopáusico que nos aísla y avergüenza. La industria no vende salud, vende la ilusión de un control absoluto sobre la biología. Es una estrategia biopolítica que busca gestionar nuestras vidas hasta el último ciclo hormonal.
La socióloga alemana Paula-Irene Villa Kuhbeck ha analizado cómo las sociedades modernas construyen y regulan los cuerpos a través de discursos normativos (Villa, 2009). La menopausia es un campo de batalla donde estas normas se hacen dolorosamente evidentes, marcando a los cuerpos que ya no menstrúan como obsoletos. La idea de que un cuerpo no reproductivo es un cuerpo “inútil” es una herencia directa del pensamiento patriarcal más arcaico. La medicina moderna, en lugar de desafiar esta idea, a menudo la ha reforzado con su enfoque patologizante. Es una alianza tácita que beneficia a un sistema que teme a la mujer sabia, a la vieja.
Este encuadre biomédico también genera una profunda fractura en la autopercepción, un extrañamiento del propio cuerpo. Les sujetes aprenden a desconfiar de sus propias sensaciones, a interpretarlas como síntomas de una enfermedad que debe ser erradicada. La intuición y el conocimiento encarnado son reemplazados por diagnósticos y prescripciones, en un claro movimiento de expropiación epistémica. Se nos niega la posibilidad de habitar esta etapa con curiosidad y aceptación. El cuerpo se convierte en un territorio a ser conquistado por la ciencia, en lugar de un paisaje a ser explorado.
La historia de la medicalización del parto ofrece un paralelismo esclarecedor. Ambos son procesos fisiológicos naturales que han sido convertidos en eventos médicos de alto riesgo que requieren constante supervisión y, a menudo, intervención innecesaria. En ambos casos, el poder se transfiere del sujeto que vive la experiencia al experto que la gestiona. La lógica es la misma: la desconfianza hacia la naturaleza del cuerpo feminizado. Es una lógica que necesita ser desmantelada desde la raíz, cuestionando quién define qué es “normal”.
Este paradigma no solo afecta la salud individual, sino que tiene profundas implicaciones colectivas. Al tratar la menopausia como un problema privado y médico, se despolitiza la experiencia y se impide la creación de redes de apoyo y solidaridad. Se obstaculiza la conversación pública sobre cómo adaptar los espacios laborales, sociales y afectivos a las necesidades de esta etapa vital. La vergüenza y el silencio son herramientas de control social altamente efectivas. Por eso, hablar de menopausia es, en sí mismo, un acto político.

El lenguaje que usamos para nombrar esta etapa es revelador; hablamos de “fallo ovárico”, “insuficiencia”, “síndrome climatérico”. Cada término refuerza la narrativa de la deficiencia, del cuerpo que ha dejado de funcionar correctamente. Proponemos, en cambio, hablar de transición, de mutación, de rito de paso. Cambiar el lenguaje es el primer paso para cambiar la percepción y reapropiarnos de la experiencia. Se trata de un gesto de soberanía lingüística y corporal.
La alternativa no es un rechazo ingenuo a la medicina, sino un llamado a una aproximación más integral y crítica. Una que reconozca los posibles malestares físicos sin patologizar la etapa en su conjunto. Necesitamos una medicina que acompañe, no que tutele; que ofrezca herramientas en lugar de imponer soluciones únicas. Una medicina que entienda la salud como un equilibrio dinámico que incluye el bienestar emocional y social. Este es el horizonte hacia el que debemos caminar.
Finalmente, la crítica a la medicalización nos obliga a preguntarnos: ¿al servicio de quién está el conocimiento médico? Cuando una etapa vital que afecta a la mitad de la población es sistemáticamente presentada como una patología, debemos sospechar de los intereses que subyacen a esa definición. La respuesta nos lleva directamente al corazón de las estructuras de poder que este artículo busca cuestionar. La menopausia y medicalización no son un tema de salud, son un tema de justicia social. Es una lucha por el derecho a definir nuestra propia existencia.
La filósofa y teórica Judith Butler nos enseñó a pensar en el carácter performativo del género (Butler, 1990). De manera análoga, podríamos decir que la “enfermedad” de la menopausia es una construcción performativa, una idea que se materializa a fuerza de ser repetida por la ciencia, los medios y la cultura. Romper con esa repetición, negarse a actuar ese papel de enferma, es un acto de insubordinación. Es afirmar que nuestros cuerpos no están rotos y no necesitan ser reparados.
El relato hegemónico sobre el climaterio está construido sobre una base cisheteronormativa tan sólida como invisible. Asume que la menopausia es una experiencia exclusiva de mujeres cisgénero, heterosexuales, y la define en función de la pérdida de la capacidad reproductiva y su impacto en la “feminidad” tradicional. Esta visión no solo es reduccionista, sino profundamente excluyente. Borra de un plumazo las vivencias de varones trans, personas no binarias y otras identidades que también atraviesan esta transición hormonal. Es aquí donde una perspectiva transfeminista de la menopausia se vuelve indispensable.
Para un varón trans que ha menstruado y que puede o no estar en terapia hormonal masculinizante, la menopausia o el cese de la menstruación puede significar algo completamente distinto. Podría ser un evento de afirmación de género, un alivio a la disforia, o un proceso corporal complejo que interactúa con las hormonas que está tomando. La narrativa de la “pérdida de la feminidad” no solo no le representa, sino que puede ser activamente violenta. Sus experiencias son sistemáticamente ignoradas por la ginecología y la endocrinología tradicionales. Estas disciplinas deben ser interpeladas para expandir su concepción de quién es el sujeto de la menopausia.
De igual manera, para una persona no binaria, la menopausia puede desestabilizar o reafirmar su identidad de maneras únicas. La desaparición del ciclo menstrual, un marcador tan fuertemente asociado al binarismo de género, puede abrir nuevos espacios para la autodefinición corporal. Sin embargo, al buscar información o apoyo, solo encuentran un discurso que les habla de “salud de la mujer”. La falta de un lenguaje y un enfoque inclusivos les deja en una situación de absoluta soledad y desamparo. Sus cuerpos y sus tránsitos hormonales son un punto ciego para el sistema médico.
La conversación sobre la menopausia trans y la menopausia no binaria es prácticamente inexistente en los medios de comunicación y en la mayoría de los espacios de salud. Esta invisibilidad es una forma de violencia epistémica: se niega la existencia misma de estas realidades al no nombrarlas. Es una manifestación más de cómo el sistema cisheteropatriarcal define qué cuerpos y qué experiencias importan. Incluir estas voces no es un gesto de “corrección política”, es una cuestión de derechos humanos y de rigor analítico.
La crítica transfeminista nos obliga a separar la menopausia de la identidad de “mujer”. Debemos entenderla como un proceso hormonal que puede ocurrir en una diversidad de cuerpos con una diversidad de géneros. Esta disociación es un acto radical que dinamita los cimientos del discurso tradicional. La menopausia no es el fin de “la mujer”, es una transición corporal que cada quien significará desde su propia identidad. Solo así podremos empezar a hablar de una experiencia verdaderamente humana y no de una categoría excluyente.
Las experiencias de la menopausia en personas trans y no binarias nos invitan a cuestionar todo el andamiaje conceptual que sostiene la ginecología. ¿Por qué la “salud reproductiva” está tan obsesivamente ligada al género femenino? ¿Cómo podemos construir un sistema de salud que atienda a los órganos y a los procesos fisiológicos sin imponer una identidad de género a quienes los portan? Estas preguntas son incómodas pero necesarias para avanzar hacia una medicina más justa y equitativa. Es un desafío directo a la pereza intelectual del status quo.
Iniciativas como Queer Menopause en el Reino Unido son uno de los pocos faros en esta oscuridad, recopilando relatos y generando recursos para la población LGBTQIA+. Su trabajo demuestra la urgencia de crear espacios seguros y de visibilizar estas realidades. La existencia de estos proyectos, a menudo autogestionados y con escasos recursos, evidencia el abandono institucional. La academia y el sistema de salud tienen una deuda histórica con estas comunidades. Deben escuchar, aprender y transformar sus prácticas.
La terapia hormonal cruzada, utilizada por muchas personas trans, interactúa de maneras complejas con el envejecimiento hormonal natural. Un varón trans que toma testosterona puede experimentar una supresión de la menstruación que no es una menopausia “natural”, pero que comparte algunos de sus significantes. Una mujer trans que toma estrógenos también experimenta un proceso de envejecimiento hormonal que es silenciado por la narrativa dominante. Comprender estas intersecciones es fundamental para ofrecer un acompañamiento adecuado.
El miedo a la discriminación en las consultas médicas a menudo disuade a las personas trans y no binarias de buscar ayuda para los síntomas del climaterio. Se enfrentan a la ignorancia de profesionales que no saben cómo tratarles o, peor aún, a la transfobia explícita. Este es un problema de salud pública que requiere una formación masiva y obligatoria en competencias de género para todo el personal sanitario. No podemos seguir permitiendo que la consulta médica sea un espacio de vulneración.
La inclusión de estas perspectivas enriquece y complejiza nuestra comprensión de la menopausia para todes. Nos obliga a ser más precisos con nuestro lenguaje y más abiertos en nuestro pensamiento. Nos demuestra que el cuerpo es un territorio de una diversidad infinita, que escapa a las categorías rígidas que intentamos imponerle. La menopausia, vista desde los márgenes, se revela como un fenómeno mucho más interesante y polifacético.
La pregunta “¿Qué es la menopausia más allá de los síntomas?” adquiere una nueva dimensión cuando la formulamos desde una perspectiva transfeminista. La respuesta ya no puede ser simplemente “el fin de la fertilidad”. Se convierte en una pregunta sobre la identidad, el cuerpo, el tiempo y la relación con las normas sociales. Nos obliga a pensar en la menopausia como un evento biográfico y político, no solo biológico.
Al final, desvincular la menopausia de una identidad de género específica es un acto de liberación para todes. También para las mujeres cisgénero, a quienes se les libera de la carga de tener que vivir esta etapa según un guion preestablecido de pérdida y declive. Abre la puerta a que cada persona, sin importar su género, pueda construir su propio relato sobre esta transición. Es un paso hacia una verdadera autonomía corporal.
La forma en que una sociedad representa (o no representa) la menopausia en su cultura es un síntoma de sus valores más profundos. La menopausia y la representación cultural en el universo mediático hegemónico es un desierto poblado por caricaturas y silencios. Cuando aparece, suele ser como un chiste sobre los sofocos o como el drama de una mujer que ha perdido su “valor” en el mercado del deseo. Esta representación no es inocente; moldea nuestra percepción y refuerza el estigma menopáusico.
Históricamente, la figura de la mujer mayor en el arte y la literatura ha oscilado entre dos polos: la bruja o la santa abuela. La bruja, la mujer sabia y sin ataduras reproductivas, representaba una amenaza al poder patriarcal y debía ser demonizada, como bien ha estudiado la ensayista Mona Chollet. La abuela, por otro lado, era la figura asexuada y dócil, dedicada exclusivamente al cuidado de los demás, un rol seguro y no amenazante. Ninguna de estas representaciones da cuenta de la complejidad y la potencia de una persona en la postmenopausia.
En la historia del arte, los cuerpos envejecidos de las mujeres han sido sistemáticamente borrados o idealizados hasta perder toda su verdad. Pensemos en los miles de desnudos femeninos que pueblan los museos: son casi exclusivamente cuerpos jóvenes, tersos, fértiles. La obra tardía de artistas como Louise Bourgeois o Alice Neel es una bocanada de aire fresco, una insurrección contra esta tiranía de la juventud. Sus autorretratos descarnados y vulnerables son un acto político de visibilización.
La literatura también ha sido cómplice de este silenciamiento, aunque existen honrosas excepciones. Autor_s como Doris Lessing en “El cuaderno dorado” o Simone de Beauvoir en “La mujer rota” abordaron la angustia del envejecimiento femenino en una sociedad patriarcal. Sin embargo, a menudo estas representaciones siguen ancladas en un sentimiento de pérdida. Necesitamos más narrativas que exploren la menopausia como un renacimiento, como una liberación de las expectativas ajenas.
Una búsqueda de la representación de la menopausia en la literatura latinoamericana revela un panorama aún más fragmentado. Nuestra tradición literaria, tan rica en la exploración de las tensiones políticas y sociales, ha sido más tímida a la hora de abordar este territorio íntimo y corporal. Sin embargo, en la obra de autoras contemporáneas como la argentina Gabriela Cabezón Cámara o la mexicana Cristina Rivera Garza, podemos encontrar personajes femeninos que desafían los estereotipos de la edad y el género, abriendo nuevas posibilidades de representación.

La industria del cine y la televisión es quizás la más cruel en su tratamiento del menopausia y edadismo. Actrices de renombre internacional denuncian constantemente cómo, a partir de cierta edad, los papeles que les ofrecen se reducen a la madre o la abuela del protagonista. Se les niega la posibilidad de encarnar personajes con deseo, agencia y una vida propia compleja. Esta práctica no solo es discriminatoria, sino que empobrece la calidad de las historias que consumimos.
La música, especialmente el rock, ha sido un espacio históricamente dominado por una estética de juventud y rebeldía masculinas. Sin embargo, figuras como Patti Smith o PJ Harvey han sabido envejecer ante el público sin hacer concesiones, transformando su arte y su cuerpo en un manifiesto de resistencia. Ellas demuestran que la potencia creativa no tiene fecha de caducidad y que la madurez puede ser una fuente de una sabiduría artística más profunda y decantada. Su presencia en el escenario es una declaración política.
Frente a la invisibilidad en los grandes medios, han surgido espacios contraculturales y activistas que buscan generar nuevas representaciones. Proyectos fotográficos, fanzines, blogs y cuentas en redes sociales creadas por personas que atraviesan la menopausia están construyendo un archivo visual y narrativo alternativo. Este archivo celebra las arrugas, las canas, los cuerpos cambiantes y las nuevas libertades. Es un acto de creación colectiva de imaginarios.
El trabajo de la artista y activista del cuerpo Chris Bobel sobre el activismo menstrual ofrece un marco teórico para entender estas prácticas (Bobel, 2010). Bobel argumenta que visibilizar lo que ha sido considerado privado y vergonzoso es una estrategia política fundamental. Aplicado a la menopausia, esto significa que cada vez que alguien comparte su experiencia, cada vez que se crea una obra de arte sobre el tema, se está erosionando el tabú. Es un trabajo lento pero persistente de transformación cultural.

La crítica cultural feminista nos enseña a leer a contrapelo, a buscar las ausencias y los silencios en los textos culturales. Preguntarnos por qué la menopausia está ausente en tantas de nuestras ficciones favoritas es un ejercicio revelador. Ese silencio no es un vacío, es un espacio lleno de significado político, un indicio de lo que nuestra cultura teme y reprime. Analizar ese silencio es tan importante como analizar las representaciones existentes.
La crítica cultural de la menopausia y la pérdida de identidad femenina es una búsqueda que nos lleva al corazón de cómo se construye la feminidad. Si la identidad femenina está tan ligada a la juventud y la reproducción, la menopausia se vive inevitablemente como una crisis. La solución no es “reforzar” esa identidad, sino deconstruirla, mostrar su carácter de constructo y abrir la posibilidad de otras identidades posibles, más libres y autodeterminadas. El arte y la cultura son campos de batalla cruciales para esta tarea.
Necesitamos, con urgencia, un nuevo canon cultural que abrace la complejidad de la vida entera, no solo de su primera mitad. Un canon que celebre la transformación, la sabiduría que viene con el tiempo y la belleza de los cuerpos que han vivido. Este no es un llamado a una representación “positiva” ingenua, sino a una representación honesta, diversa y crítica. Una que nos permita reconocernos en todas nuestras etapas vitales y que nos inspire a vivirlas con plenitud y sin vergüenza.
Reducir la menopausia a un asunto privado de bienestar individual es una de las estrategias de despolitización más eficaces del neoliberalismo. Nos venden cremas, suplementos y retiros de yoga, pero raramente se discuten las condiciones estructurales que hacen de esta etapa un período de especial vulnerabilidad para muches. El debate sobre la menopausia y el trabajo, por ejemplo, es un tema urgente que debe pasar del ámbito personal al de la política pública y los derechos laborales. El silencio en el espacio de trabajo es ensordecedor.
Muchas personas experimentan durante el climaterio síntomas como la niebla mental, la ansiedad, el insomnio o los sofocos, que pueden afectar su desempeño laboral. Sin embargo, el miedo al estigma menopáusico y al edadismo les impide hablar con sus superiores o compañeres para solicitar adaptaciones razonables. Temen ser vistas como menos competentes, ser pasadas por alto para promociones o, en el peor de los casos, ser despedidas. Esta situación las obliga a sufrir en silencio, añadiendo una carga de estrés inmensa.
En países como el Reino Unido, los sindicatos y algunas empresas pioneras ya han comenzado a desarrollar políticas específicas sobre la menopausia en el lugar de trabajo. Estas políticas incluyen la formación para directivos, la flexibilidad horaria, el acceso a espacios de descanso y la mejora de la ventilación. Reconocen que apoyar a les empleades durante esta transición no es un acto de caridad, sino una inversión inteligente que mejora la retención del talento y la productividad. En Argentina y gran parte de Latinoamérica, esta conversación es aún incipiente.
La pregunta sobre cómo hablar de la menopausia en el trabajo en Argentina es una búsqueda desesperada de herramientas en un contexto de gran precariedad. No se trata solo de tener el coraje individual, sino de construir las condiciones colectivas para que esa conversación sea posible y segura. Esto implica un rol activo de los sindicatos, la creación de protocolos y la promoción de una cultura empresarial que valore la diversidad generacional. La responsabilidad no puede recaer únicamente sobre los hombros de quien está atravesando el proceso.
Más allá del trabajo, la menopausia tiene implicaciones económicas significativas. Esta etapa suele coincidir con un momento de la vida en que aumentan las responsabilidades de cuidado, no solo de hijes, sino también de padres ancianos. Esta doble carga, sumada a los posibles desafíos de salud y a la discriminación laboral, puede llevar a una situación de gran fragilidad económica. Como ha señalado Silvia Federici, el capitalismo se ha construido sobre el trabajo no remunerado de los cuerpos feminizados, y la mediana edad no es una excepción.
La salud pública también tiene una deuda pendiente. La falta de profesionales formades en una perspectiva integral y de género sobre el climaterio es alarmante. Las consultas suelen ser breves, centradas en la prescripción de hormonas y sin espacio para abordar las dimensiones emocionales o sociales. Necesitamos centros de salud que ofrezcan un abordaje interdisciplinario, con acceso a información de calidad, grupos de apoyo, asesoramiento psicológico y nutricional. La salud no es solo la ausencia de enfermedad, es un estado de bienestar completo.
La investigación científica es otro campo que requiere una profunda revisión crítica. Históricamente, la investigación sobre la salud de la mujer (un término que ya hemos problematizado) ha estado subfinanciada y centrada en la reproducción. Se sabe mucho menos sobre las condiciones de salud que afectan a las personas en la postmenopausia que no estén directamente relacionadas con el cáncer o la osteoporosis. Es necesario reorientar los fondos y las prioridades de investigación hacia una comprensión más completa del envejecimiento.

La menopausia precoz, o insuficiencia ovárica primaria, es una condición que afecta a un porcentaje de la población y que las sumerge en esta transición mucho antes de lo esperado. Estas personas enfrentan no solo los desafíos físicos, sino también un profundo shock emocional y, a menudo, la frustración de ver sus proyectos reproductivos truncados. El sistema de salud y la sociedad en general están muy poco preparados para acompañar estas experiencias, que rompen con la cronología “normal” del ciclo vital.
La dimensión intercultural es otra arista fundamental que suele ser ignorada. Los ritos de paso que llevan a cabo las comunidades originarias durante la menopausia nos ofrecen visiones del mundo radicalmente distintas. En muchas culturas ancestrales, la mujer que deja de menstruar no es vista como deficiente, sino como alguien que ha alcanzado un nuevo estatus de poder y sabiduría. Su energía ya no se dirige hacia afuera en la creación de vida, sino hacia adentro y hacia la comunidad, convirtiéndose en consejera, líder espiritual o curandera. Estas cosmovisiones son un antídoto poderoso contra la narrativa occidental de la decadencia.
Aprender de estas otras formas de entender el climaterio no se trata de una apropiación cultural superficial. Se trata de reconocer la existencia de otros saberes y de permitir que interpelen nuestra propia visión, tan empobrecida por el materialismo y el individualismo. Nos muestra que la forma en que vivimos la menopausia está profundamente moldeada por nuestra cultura. Y si es una construcción cultural, entonces podemos reconstruirla de una manera que nos sirva mejor.
La lucha por la resignificación de la menopausia es, en última instancia, una pieza clave de la agenda feminista y de las luchas por la justicia social. Se trata de reclamar el derecho a envejecer con dignidad, poder y autonomía. Implica luchar por mejores condiciones laborales, por un sistema de salud más humano, por representaciones culturales más justas y por el reconocimiento de la diversidad de experiencias. Es transformar la vergüenza privada en orgullo colectivo y acción política.
El cuerpo menopáusico es un cuerpo político. Es un cuerpo que ha desobedecido el mandato de la reproducción, que acumula memoria y experiencia, y que tiene el potencial de liberarse de muchas de las presiones estéticas y de comportamiento impuestas a los cuerpos más jóvenes. Abrazar ese potencial es un acto de rebeldía. Organizarse para que todas las personas puedan vivir esta etapa en libertad es una revolución pendiente.
En los últimos años, ha surgido una poderosa industria del “bienestar” que promete una solución edulcorada y apolítica a los malestares de la menopausia. Este mercado, envuelto en una estética minimalista y un lenguaje de auto-optimización, ha encontrado en el climaterio un nicho de oro. Se nos ofrecen desde suplementos de colágeno y adaptógenos hasta aplicaciones de meditación y retiros de lujo, todo diseñado para “gestionar” la transición de una manera suave y productiva. Sin embargo, esta aparente solución es en realidad una trampa neoliberal.
El discurso de la menopausia y bienestar individualiza un problema que es estructural. Desplaza la responsabilidad del cambio desde la sociedad hacia el individuo, sugiriendo que si te sientes mal, es porque no estás comprando el producto correcto, haciendo suficiente yoga o manteniendo una “actitud positiva”. Oculta las condiciones materiales, como la precariedad laboral o la falta de apoyo social, que son la verdadera fuente de mucho del sufrimiento asociado a esta etapa. Es una forma sutil y perversa de culpar a la víctima.
Esta industria opera bajo la misma lógica que critica: la patologización, aunque con un rostro más amable. No habla de “enfermedad”, sino de “desequilibrio”. No ofrece “tratamientos”, sino “rituales de autocuidado”. Pero el mensaje de fondo es el mismo: tu cuerpo en su estado natural es insuficiente y necesita ser mejorado a través del consumo. La menopausia y medicalización farmacéutica es reemplazada o complementada por una medicalización “alternativa” que sigue siendo, en esencia, un negocio.
Las críticas a la medicalización por parte de la industria farmacéutica son ahora más necesarias que nunca, pero deben extenderse a esta nueva industria del bienestar. Ambas comparten el objetivo de generar dependencia y perpetuar la idea de que la felicidad y la salud se pueden comprar. Ambas se benefician del miedo al envejecimiento y de la presión por mantener un cuerpo eternamente joven y eficiente. Son dos caras de la misma moneda capitalista y patriarcal.
El enfoque en el “autocuidado” como un conjunto de prácticas de consumo también es profundamente clasista. Asume que todes tenemos el tiempo, el dinero y la energía para dedicarnos a costosos regímenes de bienestar. Ignora la realidad de la mayoría de las personas, que luchan por llegar a fin de mes y que no pueden permitirse el lujo de un retiro de fin de semana o suplementos orgánicos importados. El “bienestar” se convierte así en un nuevo marcador de estatus social.
Además, este discurso a menudo se apropia y despolitiza prácticas ancestrales de sanación. La meditación, el yoga o el uso de hierbas medicinales son extraídos de sus contextos culturales y filosóficos originales y empaquetados como productos de consumo rápido. Se les despoja de su potencial transformador y crítico para convertirlos en herramientas de adaptación al sistema. Te ayudan a “manejar el estrés” para que puedas seguir siendo un engranaje productivo en una máquina que te explota.
La escritora y crítica cultural Susan Sontag, en su ensayo “La enfermedad como metáfora”, argumentó cómo las metáforas que usamos para describir las enfermedades moldean la experiencia de quienes las padecen (Sontag, 1978). De manera similar, la metáfora de la menopausia como un “proyecto de bienestar” nos obliga a performar un rol de constante auto-mejora. Nos convierte en gerentes de nuestro propio declive, obsesionades con optimizar nuestros cuerpos para que sigan siendo aceptables.
La promesa de esta industria es una promesa de control en un momento de la vida caracterizado precisamente por la transformación y la pérdida de cierto tipo de control. Es una promesa ilusoria que genera más ansiedad de la que alivia. La verdadera liberación no viene de controlar cada síntoma y cada cambio, sino de aprender a navegar la incertidumbre y a encontrar poder en la transformación misma. Viene de la aceptación radical, no de la optimización constante.

La alternativa a este modelo no es el abandono ni el descuido. Es la construcción de un cuidado colectivo y politizado. Un cuidado que se base en redes de apoyo mutuo, en el intercambio de saberes y en la lucha por condiciones de vida dignas para todes. Es entender que nuestro bienestar no depende de lo que consumimos, sino de la calidad de nuestras relaciones y de la justicia de nuestra sociedad.
Debemos ser crítiques con cualquier discurso que nos prometa una solución fácil e individual a problemas complejos y colectivos. La menopausia no es un problema de estilo de vida que se resuelve con una compra. Es una etapa vital que nos confronta con el edadismo, el sexismo y la lógica extractivista del capitalismo. La respuesta no puede ser un producto, tiene que ser una revolución.
Frente a la industria del bienestar, proponemos la política del buen vivir. Un concepto anclado en las cosmovisiones andinas que entiende el bienestar como una relación armoniosa con la comunidad y con la naturaleza, no como un logro individual. Esto implica luchar por sistemas de salud pública, por espacios de trabajo justos, por pensiones dignas y por una cultura que valore a sus mayores. El verdadero bienestar es colectivo o no es nada.
Por lo tanto, la próxima vez que un anuncio te ofrezca la “solución definitiva” para tu menopausia, pregúntate a quién beneficia realmente esa solución. Cuestiona la promesa de una transición sin fricciones y sin cambios profundos. Abraza la complejidad, el desorden y el poder transformador de esta etapa. El empoderamiento no se compra en un frasco, se construye en la lucha colectiva.
Si la narrativa hegemónica ha vaciado a la menopausia de su significado, convirtiéndola en un hecho puramente biológico o en una patología, nuestra tarea es re-simbolizarla. Necesitamos construir nuevos ritos de paso, nuevos relatos y nuevas imágenes que nos permitan habitar esta transición como un momento de poder y significación. La menopausia debe dejar de ser una palabra susurrada con vergüenza para convertirse en el nombre de un umbral que se cruza con conciencia y orgullo. Es un acto de reapropiación simbólica.
Un rito de paso, en su esencia antropológica, tiene tres fases: separación, liminaridad y reagregación. La menopausia se ajusta perfectamente a este esquema. Es una separación del estado de fertilidad, un período liminar de profunda transformación física y psíquica, y finalmente, una reagregación a la comunidad con un nuevo estatus. La cultura patriarcal ha puesto todo el énfasis en la separación, en la pérdida, y ha bloqueado la posibilidad de una reagregación positiva.
Nuestra tarea es diseñar conscientemente esa tercera fase. ¿Cómo nos reagrupamos, cómo nos renombramos y cómo celebramos este nuevo lugar en el mundo? Esto puede tomar formas muy diversas, desde ceremonias íntimas y personales hasta celebraciones colectivas. Puede implicar la creación de arte, la escritura de nuevos relatos o simplemente el acto de nombrar la experiencia en voz alta y compartirla con otres. Se trata de inventar nuestras propias tradiciones.
La noción de menopausia y sociedad debe ser repensada a la luz de esta idea del rito. Una sociedad que honra a sus mayores es una sociedad que sabe crear y sostener estos ritos. Implica un cambio de mentalidad colectivo, donde el envejecimiento no se vea como un problema a ocultar, sino como un proceso que enriquece a toda la comunidad. Los saberes y las experiencias de las personas postmenopáusicas deben ser vistos como un recurso valioso, no como una carga.
El silencio que rodea a la perimenopausia, los años de transición que preceden al cese definitivo de la menstruación, es particularmente denso. Es un tiempo de gran fluctuación e incertidumbre, a menudo vivido en soledad y confusión, como lo resume un testimonio anónimo: “Nunca me explicaron qué era la perimenopausia. Pensé que me estaba volviendo loca.” Crear ritos y conversaciones en torno a esta fase liminar es fundamental para desestigmatizarla y proporcionar el apoyo necesario. Es nombrar el caos para poder navegarlo.
La resignificación de la menopausia también pasa por el cuerpo. En lugar de vivirlo como un cuerpo que se deteriora, podemos empezar a experimentarlo como un cuerpo que acumula sabiduría. Cada arruga, cada cambio en la piel, cada transformación, puede ser leída no como un signo de decadencia, sino como un mapa de nuestra vida. Es una perspectiva que requiere una descolonización de nuestra propia mirada, educada para valorar solo la estética de la juventud.
Este proceso de reapropiación es inherentemente político y se alinea con una perspectiva menopausia transfeminista. Al crear nuestros propios ritos, estamos desafiando las definiciones impuestas por el sistema cisheteropatriarcal. Estamos diciendo que nuestra valía no reside en nuestra capacidad reproductiva ni en nuestro ajuste a una norma de feminidad. Estamos afirmando que nuestros cuerpos y nuestras vidas nos pertenecen.
En este sentido, el arte vuelve a ser una herramienta fundamental. Crear una menopausia en el arte que sea subversiva y diversa es parte de la construcción de esta nueva simbología. Necesitamos imágenes de la furia menopáusica, de la serenidad menopáusica, del deseo menopáusico, de la creatividad menopáusica. Un imaginario rico y polifónico que reemplace la caricatura unidimensional que se nos ofrece.
La menopausia en la literatura también tiene un rol crucial que jugar. Necesitamos novelas, poemas y ensayos que exploren esta etapa desde adentro, con honestidad y sin tapujos. Relatos que nos sirvan de espejo y de guía, que nos hagan sentir acompañades y que nos inspiren a escribir nuestra propia historia. La palabra tiene el poder de crear mundos y de transformar la realidad.
La dimensión colectiva de estos nuevos ritos es insoslayable. Si bien el proceso es personal, su validación es social, como ha explorado la filósofa María-Milagros Rivera Garretas al hablar de la importancia de la “relación” entre mujeres. Celebrar nuestras menopausias en grupo, crear círculos de la palabra, organizar festivales o encuentros, son formas de construir una comunidad que sostiene y refleja nuestro nuevo estatus. Es la diferencia entre un viaje solitario y un éxodo colectivo hacia un nuevo territorio.
Este llamado a la re-simbolización no es una propuesta naif o meramente espiritual. Es una estrategia política para combatir el edadismo y el sexismo en uno de sus núcleos más duros. Al cambiar los símbolos y los relatos, cambiamos las estructuras de pensamiento que sostienen la discriminación. Es un trabajo cultural de largo aliento con profundas implicaciones políticas.
En definitiva, se trata de responder a la pregunta “¿Qué es la menopausia más allá de los síntomas?” con una afirmación rotunda: es una oportunidad. Una oportunidad para redefinir nuestra identidad, para liberarnos de viejas ataduras, para encontrar nuevas formas de creatividad y de deseo, y para ocupar un lugar de poder y sabiduría en nuestras comunidades. Es un rito de paso que, una vez que nos reapropiamos de él, puede convertirse en el comienzo de la etapa más libre y auténtica de nuestras vidas.
No ofrecemos aquí un mapa, sino una brújula. Desmantelar la narrativa de la menopausia como patología es una tarea que nos convoca a una vigilancia crítica constante sobre los discursos que consumimos y reproducimos. Interroga la forma en que la medicina nos nombra, la manera en que la publicidad nos interpela y el silencio con que la cultura nos rodea. ¿Estamos dispuestes a desafiar el diagnóstico de obsolescencia que el sistema nos impone? La pregunta queda abierta, vibrando en el centro de nuestros cuerpos políticos.
Reclamar la menopausia como un territorio de potencia exige una desobediencia multifacética. Desobedecer al mandato de la eterna juventud, a la tiranía de la productividad incesante y a la norma cisheterosexual que define qué cuerpos importan. Implica reconocer que las experiencias de la menopausia en personas trans y no binarias no son un anexo, sino una pieza central para demoler el edificio entero. ¿Qué nuevas alianzas podemos tejer desde estas experiencias compartidas de transición corporal, más allá de las identidades impuestas?
La representación en la cultura de la menopausia es un campo de batalla donde se disputa el sentido de la segunda mitad de la vida. Cada obra creada, cada historia contada, cada conversación iniciada, es un acto de guerrilla contra el imaginario de la decadencia. Nosotr_s, como audiencia y como creador_s, tenemos la responsabilidad de nutrir un ecosistema cultural que celebre la complejidad y la sabiduría de la madurez. ¿Qué relatos elegiremos amplificar y cuáles dejaremos morir de inanición?
La crítica a la menopausia y medicalización no termina en la denuncia a la industria farmacéutica; se extiende a la seductora pero insidiosa industria del bienestar. Ambas nos proponen una gestión individual y consumista de un proceso que es profundamente social y político. La autonomía corporal no se conquista con suplementos, sino con derechos, con redes de apoyo y con una lucha colectiva por la justicia social. ¿Cómo transformamos el autocuidado en cuidado mutuo y la auto-optimización en acción política?
Para cerrar, este texto no busca cerrar un debate, sino inaugurarlo en toda su crudeza y potencialidad. La menopausia, despojada de sus velos patologizantes, emerge no como un final, sino como una encrucijada radical. Es una invitación a habitar nuestro cuerpo con una honestidad brutal, a cuestionar las verdades heredadas y a construir, desde los márgenes, un nuevo lenguaje para nombrar el poder. Y entonces, la pregunta se vuelve colectiva: ¿qué pasaría si hiciéramos de la menopausia un momento de celebración, transmisión de saberes y poder comunitario?
Bobel, C. (2010). New Blood: Third-Wave Feminism and the Politics of Menstruation. Rutgers University Press.
Butler, J. (1990). Gender Trouble: Feminism and the Subversion of Identity. Routledge.
Sontag, S. (1978). Illness as Metaphor. Farrar, Straus and Giroux.
Villa, P. (2009). Sexy-Karrieren: GENDER.MEDIA.MARKET. VS Verlag für Sozialwissenschaften.

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