
Jacqueline FernándezMúsica8 de junio de 2026
Un millón de personas convirtió el adiós a Carlos «Indio» Solari en una liturgia colectiva: el velorio más grande del mundo como acto de cultura popular, memoria y pertenencia.
Hubo un cumpleaños en tu velorio. Había gente bailando; otros se abrazaban. Los que pudieron llevaron carpas para no irse y volver. Llovió, y alguien aprovechó para vender pilotos. Había comida y bebida, y algo dulce también. Más de tres generaciones, amontonadas, hicieron fila para saludarte.

La espera no se sacó de encima rápido, como esas cosas que no se eligen y molestan. La aprovecharon: se conocieron. José, de 56 años; Sol, de 35; Sebastián, de 26. Contaron las anécdotas que tenían con vos, qué cosas les enseñaste, cuántas veces los ayudaste. Coincidían en algo: les diste lenguaje, y con él la posibilidad de zafar de la imbecilidad. Como una bomba de oxígeno, a partir de vos tomaron decisiones distintas de las que creían posibles. Alguien dijo, por ahí, que hiciste bailar a los filósofos y leer a los ladrones.
Nunca se sintieron subestimados por vos. En eso coinciden Hugo, que es padre y aprovechó a tus invitados para vender banderas; Lourdes, que vive sola y trabaja regularizada; y Federico, de 20 años, que vive con sus padres y estudia en la universidad pública. Por eso te quieren tanto, y por eso esperan en la fila: porque los escuchaste y les calaste por donde nadie antes intentó asomarse.
Se cuentan ahora, en tu funeral hecho cumpleaños, las heridas a las que les echaste sal y las palabras que les diste para levantar algún otro mundo posible. La fila para verte duró casi un día entero, sin pausas. Pasó alrededor de un millón de personas, una cifra que inscribe esta despedida entre las mayores movilizaciones culturales de la historia argentina reciente.

Además de charlar, se adelantaron a verte. Te prendieron velas al pie de los árboles y te dejaron regalos. Una beba de 19 días te conoció antes a vos que a su propia familia; la mamá pidió disculpas, pero aclaró que no iba a faltar a saludarte. Cuando terminaron los vinos que iban de mano en mano, entre amigos y desconocidos, hicieron floreros con las botellas. Algunas calles se habían vuelto un gran jardín. Alrededor pintaron tu cara, para no correr el riesgo de que faltara color y sentido. Por las dudas, levantaron un mural gigante a pasos de donde estabas y pintaron capots de autos con tu nombre.
Usaron los techos de las paradas de colectivo como asientos: un pullman para ver el océano llegar hasta vos. Cada esquina era una pista de baile, y tus invitados lo sabían; se distribuían apenas encontraban los parlantes. Del otro lado de la calle había pogos y trapos colgando de los balcones. Esa coreografía del cuerpo y la pertenencia, esa manera de hacer del rock un rito de comunidad, era la misma que tus recitales habían ensayado durante cuarenta años.

Hace falta decir de dónde venía esta multitud, porque no se improvisa en una tarde. Fundaste Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota en La Plata, a mediados de los setenta, y armaste algo que el mercado nunca supo digerir: una banda sin televisión, sin grandes discográficas, sin prensa amable, que creció de boca en boca hasta volverse un idioma. Después vinieron Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, y la fórmula no cambió: el recital como rito, la cancha como templo, el pogo como forma de estar juntos.
Por eso tu último show presencial, en Olavarría en 2017, convocó a cientos de miles, y por eso tu muerte, en junio de 2026, no produjo una nota necrológica sino una peregrinación. Los que esperaron en la fila no fueron a ver un cajón: fueron a confirmar que pertenecían a algo, y que ese algo seguía en pie sin vos. Eso es lo que un millón de cuerpos en Villa Domínico vinieron a decir. No celebraban a una estrella; se celebraban a sí mismos en el espejo que les habías construido durante cuatro décadas, con palabras prestadas que ya eran suyas.
Sí, Indio: todos y cada uno pasaron a dejarte algo suyo. Una palabra y una ofrenda por cada una de las que vos les regalaste. Los tuyos se reconocieron en una sola unidad y celebraron tu vida. Fueron conscientes de que te estaban celebrando. Como en otras contraculturas que convirtieron el ruido en política, el duelo se hizo afirmación. Muchos deseaban que pudieras estar mirando: tu cumpleaños con más invitados que ningún otro, y el velorio más grande del mundo.
Quedará escrito que el Indio Solari no tuvo un funeral sino una asamblea: un millón de personas que, al despedirlo, se reconocieron entre sí. No fue la muerte de un cantante lo que las juntó, sino la certeza de que algo compartido —un idioma, una manera de estar en el mundo— seguía vivo y pedía celebrarse. Esa, quizá, fue su última lección: que la memoria de los suyos no se guarda, se ocupa; no se reza en silencio, se canta en la calle.
Música30 de julio de 2025



